Cristo es el camino, nuestro ejemplo y luz, y este camino es morir a nuestra naturaleza en sensitivo y espiritual.
El murió a lo sensitivo, espiritualmente en su vida y naturalmente en su muerte. Porque, como él dijo, en la vida no tuvo donde reclinar su cabeza, y en la muerte lo tuvo menos.
Cuanto a lo segundo, al punto de la muerte quedó también aniquilado en el alma sin consuelo y alivio alguno, dejándole así el padre en íntima sequedad, por lo cual fue necesitado a clamar diciendo ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Lo cual fue el mayor desamparo que había tenido en su vida. Y así, en el hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue unir y reconciliar al género humano por gracia con Dios.
Cristo del Consuelo, palpo aquí la obra maestra de tu bondad para conmigo. Entre todos los instantes de vuestra cruel agonía, ninguno hay tan precioso para mí como el de vuestro completo desamparo.
Un Dios abandonado de todos para que yo no lo sea jamás. Esta última prueba de tu amor se adueña de mi desconfianza.
Creo, siento, veo ya que queréis salvarme. Cristo del Consuelo, desamparado divino, a ti ye invocaré en mis abandonos, y a ti ofreceré todos mis desamparos. Amén
Al pie de la cruz, María y Juan, la madre y el discípulo amado. María, Madre de Dios ha dicho sí al ángel, anulando la tragedia de nuestra libertad. Engendró en la apacible transparencia de su cuerpo. Ahora una espada le traspasa el corazón. Juan el único discípulo fiel hasta el final. En la última cena su cabeza se había reclinado sobre el corazón del maestro. Ha retenido las últimas palabras, la unidad de Jesús y el padre, la promesa del Espíritu Santo.
Mujer, dice Jesús, ahí tienes a tu hijo, luego dice al discípulo amado, ahí tienes a tu madre. Y Juan la acoge en su casa, en su amor, presencia ahora silenciosa del gran silencio de la adoración.
He aquí la primera Iglesia nacida del madero de la cruz. Es como un primer Pentecostés, cuando Jesús, inclinando la cabeza, entrega el espíritu.
Cristo del Consuelo, palpo aquí la obra maestra de tu bondad para conmigo. Entre todos los instantes de vuestra cruel agonía, ninguno hay tan precioso para mí como el de vuestro completo desamparo.
Un Dios abandonado de todos para que yo no lo sea jamás. Esta última prueba de tu amor se adueña de mi desconfianza.
Creo, siento, veo ya que queréis salvarme. Cristo del Consuelo, desamparado divino, a ti ye invocaré en mis abandonos, y a ti ofreceré todos mis desamparos. Amén
Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le respondió: Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso.
El buen ladrón reconoció al Señor en la cruz. Algunos no lo reconocieron cuando hacía milagros, y él lo reconoció cuando estaba en la cruz. Tenía clavados todos sus miembros. Las manos estaban sujetas con clavos y sogas, los pies habían sido taladrados, todo el cuerpo estaba adherido al madero.
En su corazón creyó, con la lengua confesó su fe. Le dijo: acuérdate de mí. Esperaba su salvación para el futuro y estaba contento de recibirla tras un largo plazo de tiempo. Pero el día se hizo esperar. Le dijo el Señor: Hoy mismo estás conmigo en el madero de la cruz, hoy también estarás conmigo en el árbol de la salvación.
Cristo del Consuelo, palpo aquí la obra maestra de tu bondad para conmigo.
Entre todos los instantes de vuestra cruel agonía, ninguno hay tan precioso para mí como el de vuestro completo desamparo.
Un Dios abandonado de todos para que yo no lo sea jamás. Esta última prueba de tu amor se adueña de mi desconfianza.
Cristo del Consuelo, desamparado divino, a ti te invocaré en mis abandonos, y a ti ofreceré todos mis desamparos.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Himno
¡San José, cuídanos!
(Edith Stein en la fiesta de San José de 1939)
El cielo, pesado y oscuro, se nos cae encima.
¿Es que siempre es noche y la luz nunca más quiere aparecer?
¿Es que el Padre, arriba, se ha apartado de nosotros?
Como una pesadilla la necesidad oprime el corazón.
¿No hay ningún salvador a la redonda?
¿Alguien que pueda ayudar?
¡Mira! un rayo se abre paso victoriosamente entre las nubes.
Una lúcida estrella amistosamente mira hacia abajo,
como un ojo paternal, bondadoso, clemente.
Y así acepto todo lo que nos angustia,
lo alzo y lo deposito en las manos fieles:
¡Acógelo!
¡San José, cuídanos!
Fuertes tormentas braman por la tierra;
robles, que hundían sus raíces en el corazón de la tierra,
y que orgullosos alzaban sus copas hacia el cielo,
yacen ahora desenraizados y quebrados.
Horror de la devastación por todas partes.
¿La tormenta no sacude incluso el alcázar de la fe?
¿Se quebrarán sus santos pilares?
Nuestro brazo es débil, ¿quién los sostendrá?
Suspirantes elevamos las manos hacia ti:
Tú, como Abraham padre en la fe,
fuerte en la candidez del niño, poderoso
por la fuerza de la obediencia y de la recta intención:
ampara el sagrado templo de la Nueva Alianza,
Sé tú su refugio
¡San José, cuídanos!
Si tenemos que caminar a tierra extranjera,
o buscar posada de casa en casa,
vete por delante como guía fiel,
tú, compañero de camino de la Virgen Purísima,
tú, padre fielmente preocupado del Hijo de Dios.
Belén y Nazaret, incluso Egipto,
será nuestro hogar, si tú permaneces con nosotros.
Donde tú estás, está la bendición del cielo.
Como niños seguimos tus pasos;
llenos de confianza nos ponemos en tus manos:
Sé tú nuestro hogar:
¡San José, cuídanos!
Salmo 50
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.
Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve.
Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.
Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.
Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén
De la carta del apóstol San Pablo a los romanos
Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?
El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?
¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica.
¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros?
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?
Como dice la Escritura: “Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero.
Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó.
Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrán separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.
Salmo 122
A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, como están los
ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están
nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.
Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos
De evangelio según San Marcos
Aquel día, al atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla».
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua.
Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».
Meditación
Hemos escuchado a San Pablo que nos ha dicho: nada nos separara del amor de Dios, y Jesús, en el evangelio de San Marco nos dice: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. El cristianismo es buena noticia del amor Dios, y es por tanto una invitación a la confianza en nuestro Dios y Padre, un Dios con corazón y sentimientos, un Dios que en estos momentos sufre y se duele con nosotros.
Hemos invocado a San José, con palabras de nuestra hermana Edith Stein, cuando da la impresión de que el cielo, pesado y oscuro, se nos cae encima, y le hemos pedido que nos cuide a nosotros, como cuido a Jesús y a María, como cuido de nuestra Santa Madre Teresa y de su obra.
En el pasado no era extrañar que las religiones pensasen que las epidemias eran un castigo divino por el mal comporta¬miento del hombre. ¿Quién podía ser capaz, si no, de causar tanto pesar y tanto horror? Pero con el evangelio en la mano y mirando a Jesús, resulta innegable que el hombre repite las mismas malas acciones y parece no apren¬der de la experiencia, pero Dios, el que nos ha dado su hijo, como amigo y hermano, no para con denar, sino para salvar, no castiga a nadie. Es el ser humano quien ha provocado las guerras, las hambrunas y la miseria. Los insectos, tan ajenos a todo lo que ocurre a su alrededor, los patógenos, simplemente, y siguiendo la ley de la naturaleza, se aprovechan de las circunstancias.
En este día en que celebramos el aniversario del nacimiento Santa Teresa, nuestra Madre, deberíamos hacer nuestra su invitación: “no os pido sino que le miréis”. ¿Mirar a quién?, a Jesucristo, y en él a todos los que hoy sufren con esta pandemia del coronavirus. Hoy cuando nuestros templos están cerrados, cuando el culto público y solemne se ha refugiado en la casas y en oración silenciosa, los creyentes más que nunca miramos a aquel del que afirmamos que es nuestro bien y nuestra esperanza, a Jesucristo, no sólo el crucificado, sino el que paso por el mundo haciendo el bien, encarnando en sus acciones la bondad y compasión del mismo Dios. Miramos también a los que sufren la enfermedad del coronavirus, a los que pierden la vida por ella. Hoy, más allá del sufrimiento que vemos en nuestras cercanías, en nuestros vecinos de la ciudad, en nuestros compatriotas, descubrimos que los otros, los de otros países, de otras religiones o culturas, que sufren como nosotros, son también mis hermanos.
En estos momentos de templos cerrados los cristianos están ahí, unos, como buenos, ciudadanos, retirados en el interior de sus casas; otros como enfermos sufriendo el contagio; muchos en la atención, como profesionales de la sanidad y de los servicios públicos, atendiendo a los necesitados. Todos rezando en el silencio del retiro familiar. Esto también nos ayuda a comprender dónde está Dios, pues a Dios no le podemos encerrar, y lo hacemos con frecuencia, en determinados lugares, templos, ciudades sagradas, capillas, que tal vez por sagrados están alejados de la vida, de la realidad, de donde de verdad habita Dios.
Dios está allí donde la vida se humaniza, donde se redime de todo aquello que la amenaza, que la quita dignidad y hermosura. Dios está allí donde alguien se esfuerza por hacer felices a los demás, donde alguien gasta su vida por los necesitados. Hay una anécdota que cuentan los judíos que aconteció después de la destrucción del templo de Jerusalén, a finales del siglo primero. Salían de Jerusalén dos rabinos, dos maestros religiosos del pueblo, y uno de ellos se fijó en el templo destruido y exclamo: ¡hay de nosotros! El lugar donde se expiaba por las iniquidades de Israel ha quedado desolado. El otro rabino te contestó: Hijo mío, no te apenes. Tenemos otra expiación tan eficaz como esa. La oración y los actos de caridad, como está dicho: Misericordia quiero y no sacrificios. En estos gestos de la oración y la caridad Dios está con nosotros.
Súplica litánica
TE ADORAMOS, SEÑOR.
Verdadero Dios y verdadero hombre,
Te adoramos, Señor
Salvador nuestro, Dios con nosotros, fiel y rico en misericordia
Te adoramos, Señor
Rey y Señor de lo creado y de la historia
Te adoramos, Señor
Vencedor del pecado y de la muerte
Te adoramos, Señor
Amigo del hombre, resucitado y vivo a la derecha del Padre
Te adoramos, Señor
CREEMOS EN TI, SEÑOR
Hijo unigénito del Padre, que bajaste del cielo por nuestra salvación
Creemos en ti, oh Señor
Doctor celestial, que te inclina sobre nuestra miseria
Creemos en ti, oh Señor
Cordero inmolado, que te
ofreces para redimirnos del mal
Creemos en ti, oh Señor
Buen Pastor, que das tu vida por el rebaño que amas
Creemos en ti, oh Señor
Pan vivo, que nos das la Vida eterna
Creemos en ti, oh Señor
LIBRANOS, SEÑOR
Del poder de pecado y las seducciones del mundo.
Líbranos, Señor
Del orgullo y la presunción de poder prescindir de ti
Líbranos, Señor
De los engaños del miedo
y de la angustia
Líbranos, Señor
De la incredulidad y la desesperación
Líbranos, Señor
De la dureza del corazón y de la incapacidad de amar
Libéranos, Señor
SÁLVANOS, SEÑOR
De todos los males que afligen a la humanidad
Sálvanos, Señor
Del hambre, la carestía y el egoísmo.
Sálvanos, Señor
De las enfermedades, epidemias, y del miedo al hermano.
Sálvanos, Señor
De los intereses egoístas y de la violencia
Sálvanos, Señor
Del engaño, de la mala información y de la manipulación de las conciencias
Sálvanos, Señor
CONSUÉLANOS, SEÑOR
Mira a tu Iglesia, que atraviesa el desierto
Consuélanos, Señor
Mira a la humanidad, aterrorizada de miedo y de angustia
Consuélanos, Señor
Mira a los enfermos y
moribundos, oprimidos por la
soledad
Consuélanos, Señor
Mira a los médicos y profesionales de la salud, cansados de la fatiga.
Consuélanos, Señor
DANOS TU ESPÍRITU, SEÑOR.
En la hora de la prueba y la pérdida.
Danos tu Espíritu, Señor
En la tentación y la fragilidad
Danos tu Espíritu, Señor
En el combate contra el mal y el pecado
Danos tu Espíritu, Señor
En la búsqueda del verdadero bien y la verdadera alegría
Danos tu Espíritu, Señor
En la decisión de permanecer en Ti y en tu amistad
Danos tu Espíritu, Señor
ÁBRENOS A LA ESPERANZA, SEÑOR
Si el pecado nos oprime
Ábrenos a la esperanza, Señor
Si el odio nos cierra el corazón
Ábrenos a la esperanza, Señor
Si el dolor nos visita
Ábrenos a la esperanza, Señor
Si la indiferencia nos preocupa
Ábrenos a la esperanza, Señor
Dirijámonos al Padre que vela
por todas las cosas
Padre nuestro, que estás en los cielos,
Santificado sea tu nombre,
Venga a nosotros tu reino,
Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo;
Danos hoy nuestro pan de cada día,
Perdona nuestras ofensas,
Así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
Y no nos dejes caer en la tentación,
Más líbranos del mal.
Oremos:
Dios omnipotente y misericordioso,
mira nuestra dolorosa condición:
conforta a tus hijos y abre nuestros corazones a la esperanza,
para que sintamos en medio de nosotros tu presencia de Padre.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que es Dios, y vive y reina contigo,
en la unidad del Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.
Invocación a la Virgen María
“Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
Nosotros nos confiamos a ti, Salud de los enfermos, que bajo la cruz estuviste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación de todos los pueblos, sabes de qué tenemos necesidad y estamos seguros que proveerás, para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, quien ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos y ha cargado nuestros dolores para conducirnos, a través de la cruz, a la alegría de la resurrección.
Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras súplicas que estamos en la prueba y libéranos de todo pecado, o Virgen gloriosa y bendita”.
Hace veinte siglos en una ciudad de Oriente, en Jerusalén, te clavaron en una cruz, después de haberte azotado con manojos de mimbres.
Ya ves, te condenaron como a un sedicioso, como a un blasfemo. Pero el día de tu muerte fue un día de pánico para el infierno, y de inmenso júbilo para el cielo, porque tu sangre había salvado al mundo.
Cristo del consuelo:
¿Quién se apiñaba a tu alrededor para oír tu palabra? El pueblo ¿Quién seguía tus huellas por las montañas, a través de los desiertos, para escuchar con ansias tus lecciones? El pueblo. ¿Quién quiso elegirte rey? El pueblo. ¿Quién tendía sus capas por el suelo y entapizaba de palmas las calles de Jerusalén gritando Hosanna a tu paso? El pueblo.
¿Quién se escandalizó de que curases a los enfermos en el día del sábado? Los escribas y los fariseos. ¿Quién esparcía falsos rumores llamándote poseído? ¿Quién te calumniaba acusándote de gula y lascivia? Los escribas y fariseos. ¿Quién te acusó a Pilato como blasfemo y conspirador? ¿Quienes se coaligaron para darte muerte? ¿Quién te crucificó en el Calvario entre dos facinerosos? Los escribas y los fariseos, los doctores de la ley, el rey Herodes y sus cortesanos, el gobernador romano y los príncipes de los sacerdotes. Ellos fueron los que engañaron al pueblo con hipócrita astucia….
Tu misericordia no admite excepción alguna. No has venido al mundo para salvar a algunos hombres, sino a todos los hombres. Para cada uno de ellos tuviste una gota de sangre. Pero los débiles, los pequeños, los pobres, los humildes y todos los que lloraban o padecían, esos eran tus amados predilectos.
Tu corazón latía con el pueblo, y el corazón del pueblo con el tuyo. Y allí, sobre tu corazón, es donde reaniman sus fuerzas los enfermos, y donde los recobra el valor y la energía para quebrantar sus esclavitudes.
Cristo del Consuelo:
Que sepamos vivir lo que tu nos enseñaste, y por lo que tanto fuiste criticado: que somos hijos un mismo padre, y que nos amaramos unos a otros como hermanos, y no que no nos tratáramos como enemigos. Nos dijiste que quien no ama a su hermano es siete veces maldito. Y que amándonos unos a otros nada tendríamos que temer de los tiranos de la tierra.
Cristo del Consuelo, que no vivamos desunidos porque no nos amamos como se aman los hermanos.
Hoy mirando la imagen de Cristo Yacente en la capilla del Cristo del Consuelo de la Iglesia de San Benito, he meditado sobre Jesucristo, al que hoy contemplamos muerto, solidario con todos los que a lo largo de los siglos, hoy solidarios con todos los que mueren a causa del coronavirus. Nuestro paso, el Santo Sepulcro, que se representa a Cristo muerto en el sepulcro, no es sólo una obra de arte de fin ales del siglo XVII, atribuida a los hermanos Rozas, conservada en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, expresa una verdad fundamental de la fe cristiana recogida en el credo, que murió y fue sepultado, o lo que es lo mismo que compartió el destino de todos los humanos la muerte, que hasta en este hecho tan humano, Jesucristo, en donde Dios adquiere rostro humano, ha sido uno más de los nuestros. Durante años nuestra Cofradía del Santo Sepulcro, en la mañana del Sábado Santo, meditábamos ante la imagen del Yacente sobre la sepultura del Señor, y lo hacíamos en solidaridad con todos los que mueren a lo largo y ancho de nuestro mundo. Me había enseñado que deberíamos celebrar la muerte como un suceso humano más, un acontecimiento inevitable para ser humano, pero no es lo mismo vivir la muerte de alguien como fruto de un acontecimiento violento o imprevisto, que la muerte como desenlace de una vida larga o gasta por una larga enfermedad. San Agustín nos decía que nuestro paso por el mundo no es un fin, no estamos llamados a instalarnos en él, sino un tránsito fugaz y efímero antes de llegar a nuestro verdadero destino, la ciudad celestial que se identifica con Dios: “carrera hacia la muerte, en la cual a nadie se le permite detenerse un tantito o caminar con cierta lentitud”. Más allá de todo, la muerte penetra en lo más profundo de nuestro corazón, arranca, lastima, hiere y deja un vacío insospechado, y más en estos momentos en que no se puede acompañar a los seres queridos. Es fácil comprender, al menos teóricamente, que la vida humana es un proceso lento y sosegado de crecimientos y una maduración final, es como el grano que el labrador deposita en la tierra, sólo llega a ser fecundo, cuando muere en el interior de la tierra. Pero no es tan fácil de comprender la muerte como consecuencia de un proceso no esperado, como es el que estamos viviendo. Siempre la muerte se nos presenta como un sobresalto para los vivientes, uno de los grandes enigmas que a muchos atormenta, pues no terminamos de hacernos a la idea de la desaparición de los seres queridos. Los muertos que provoca la epidemia del coronavirus son nuestros muertos, y el mundo hoy sin ellos no es lo mismo. Les lloramos como nuestros, porque nada de lo que afecta a los seres humanos, puede sernos ajenos, oramos por ellos y por sus familiares, que se han visto privados de acompañados en sus últimos momentos, y con San Agustín decimos: “Si no lloráramos en tus oídos, no quedaría nada de nuestra esperanza”. En medio de dolor esperamos que Dios nos escuche y nos consuele. La fe nos ayuda a descubrir que Dios a quien Jesús nos da a conocer como Padre, no es impasible, “se compadece apiadándose, porque no carece de entrañas”. Hoy, cuando se multipliquen las tumbas no sólo en nuestro país, sino por el mundo, cuando crece el cementerio en el que los hombre surgido del polvo retornan al polvo, todos los que contemplamos el sepulcro de Jesucristo podemos vivir en la esperanza de la resurrección, que no hace desaparecer el dolor que hoy tenemos, pero que lo amortigua. En esta imagen de Jesucristo en brazos de su padre, quiero pensar a todos los que han muerto durante esta epidemia acogidos en los brazos de Dios.
Durante años, en la tarde del viernes santo, Junto al Cristo del Consuelo, hemos meditados sobre las cruces de nuestro tiempo, el sufrimiento del ser humano y de nuestro mundo, como sufrimiento de Cristo. Dejamos aquí algunas de esas meditaciones que nos ayudan a orar en estos días, ante el Cristo del Consuelo, en solidaridad con todos los que en estos días sufren con la epidemia del coronavirus, y con tantos samaritanos, que les atienden y ayudan, y nos ayudan a nosotros.
Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado.
Este es el grito desesperado de Cristo, verdadero hombre, desgarrado por la soledad. Es también el grito del hombre actual que reclama a Dios una palabra de aliento y que mira al Cielo sin encontrar la sonrisa de Dios. Es la desesperación de la muerte, la agonía de la nada, la depresión del sinsentido, la angustia del sufrimiento.
El grito de Cristo es el grito de la humanidad sufriente y desesperanzada, que camina sin destino, incrédula de la Providencia divina.
El grito de Jesús en la cruz, el grito de la humanidad doliente ante el sentimiento de orfandad, el grito de un mundo que no quiere sucumbir ante la cultura de la muerte, nos representa a todos.
Mirando al que traspasaron deberíamos orar diciendo:
Cristo, / te amo, / no porque hayas descendido / de una estrella, / sino porque me enseñaste / que el hombre está hecho de sangre, / de lágrimas,
/ de angustias… / Sí… Tú me enseñaste / que el hombre es Dios, / un Dios crucificado como tú, / y aquel que está a tu izquierda, / en el Golgota, / el mal ladrón, / también es Dios.
La cruz de la enfermedad y la marginación
La venida de Jesús al mundo adquiere en la historia una nueva dimensión al identificarse con los pobres y crucificados del mundo. El, que pronunció sobre el pan estas palabras: Esto es mi cuerpo, dijo también estas mismas palabras hablando de los pobres, de los enfermos al afirmar que lo que hacemos o dejamos de hacer con el hambriento, con el sediento, con el preso, con el enfermo o con el forastero, conmigo lo hacéis
La enfermedad y la cruz es cruz que se alza en nuestro mundo, que sigue perpetuando la pasión de Cristo en la historia, pues mientras un ser humano malviva o muera, con el sigue muriendo Jesús hoy en la cruz. En pleno siglo veintiuno, y esto no siempre es noticia, siguen muriendo de hambre y de enfermedades millones de personas con las que se identifica el mismo Jesús.
Cristo es condenado y conducido al Calvario con los que sufren y mueren a causa del hambre y de las enfermedades crónicas que matan a nuestros hermanos los hombres.
Señor, te pedimos por aquellos seres humanos, nuestros hermanos, que cada día mueren sin ser noticia, sin que nadie se vea afectado por ello. En su rostro se refleja tu rostro. Señor, gracias por tantos hermanos compasivos, que como Verónica, trabajan sin descanso para crear comunidades de acogida para los enfermos que nadie quiere tratar, para devolver la dignidad a los seres humanos, para limpiar el rostro de nuestros hermanos los seres humanos.
La cruz de los que ayudan a los otros a llevar su cruz
Jesús fue ajusticiado porque, en nombre de Dios, había puesto al hombre por encima del templo, por encima del imperio romano, por encima de la seguridad que da la ley cumplida y por encima de la tranquilidad o el prestigio que da la riqueza poseída.
Por vivir así, unos le condenaron en nombre de Dios, por blasfemo, y otros creyeron que era el Ungido de Dios.
Pensar que Jesús acepta la muerte porque tiene mucho aguante y es muy sufrido, o porque tiene que cumplir con un plan que le ha sido impuesto por el Padre, es no haber entendido para nada la enseñanza del Señor.
Toda su vida Jesús ha buscado la voluntad del que le envía. Ha hecho todo lo posible por devolver a Dios su verdadero rostro, queriendo destruir las máscaras con que se disfraza a Dios para utilizarlo en beneficio propio, con lo cual los dirigentes de su pueblo han visto amenazado sus intereses.
Llevar la cruz no es aguantar con paciencia y resignación la injusticia en el mundo, sino rebelarse contra la injusticia, para que en el mundo no haya más atropellos. Para Jesús la cruz es el resultado de haber apostado por los pobres, los oprimidos, los marginados, los humillados, es ponerse de parte de ellos, colocarse al lado de los pequeños, para que su situación cambie.
Señor, bendice a todos nuestros hermanos cristianos que viven y trabajan por los menos afortunados
Amigos, al contemplar al que traspasaron en la cruz, a nuestro Cristo del Consuelo, y habiendo recordado algunas de las cruces que perpetúan su pasión en el tiempo, dejad que os recuerde su última palabra, cuando aparentemente moría sólo y abandonado: Padre, en tus manos encomiendo mi vida.
El drama de nuestro tiempo es que nuestros contemporáneos han olvidado la alegría de la Resurrección, el gozo de la Esperanza, la sonrisa de un Dios que no abandona a sus criaturas en el sufrimiento, como no abandonó a Jesús en la cruz.
Aunque mirando fríamente la cruz de la impresión de que estamos huérfanos, esto no es así. Dios sigue empeñado en ser nuestro Padre y en ofrecernos el perdón y la vida.
Los cristianos necesitamos recuperar la alegría del perdón y de la reconciliación. Necesitamos vibrar con el regalo de un Dios que se abaja hasta la peor de las humillaciones.
Dios es Padre, generador de vida, por eso nosotros podemos sentirnos hermanos.
Este es nuestro Dios. El que se desgasta por amor a los hombres, aunque nos empeñemos en negarle con nuestros hechos y leyes. El que nos ama traspasando los límites de lo ridículo, aunque nos empeñemos en vivir de espaldas a la felicidad que nos ofrece.
El es un Dios de vivos, no de muertos. Es un Dios de espíritus jóvenes, no de arrugados. Es un Dios de hombres libres, no de esclavos ni de superhombres. Es el Dios de la Resurrección que festejaremos con solemnidad mañana en la Vigilia Pascual.
A ese Dios, como Jesús, podemos encomendarle nuestra vida.
Amigos, mirad hoy y siempre al que traspasaron, a Jesús, el crucificado por amor, y haced vuestro su camino.
La Cofradía del Santo Sepulcro y del Santísimo Cristo del Consuelo, informa que:
Atendiendo a las recomendaciones de las autoridades sanitarias y civiles en cuanto a contención del Covid-19 se refiere, se ha decidido suspender el Certamen Presentación de uniformidad de nuestra sección de banda, programado para el próximo día 14 de marzo.
Una vez se desactive la alerta sanitaria, se realizarán las gestiones oportunas para su recuperación.
Desde el día 13 de marzo al día 3 de abril, estará abierto el plazo para apuntarse a portar enseres para Semana Santa. Podéis apuntaros en el horario habitual de la oficina. El 4 de abril en el Salón de Actos se realizará el sorteo de los enseres.