Triduo en honor a la Virgen de la Alegría. Día 1°

Del evangelio de San Lucas.

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando a su Presencia, dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contIgo; bendita tú entre las mujeres.

Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús.

María contestó: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

(unos segundo en silencio)

María, Madre de Dios, tú eres para nosotros la Virgen de la alegría, porque fuiste invitada a vivir alegre, ya que Dios te escogida y te llamó, para ser madre de su hijo. Tú formaste en tus entrañas, y llevaste en tus brazos a quien creo el cielo, la tierra y todo lo que contienen. Virgen Madre de Dios.

Alégrate, llena de gracia, por que has dado al mundo a nuestro salvador Jesucristo.

Virgen de la Alegría, Madre de Dios, ruega ahora por nosotros pecadores, para que des paz a nuestro mundo, los pueblos olviden los odios y rencores, se vean libres de la guerra, de la miseria, de la injusticia., Ruega por nosotros, para que cada día seamos más solidarios, creamos más en la fraternidad, pensemos más en los demás y pasemos por el mundo haciendo el bien, sirviendo siempre, como tu hijo no enseña, como tú misma lo hiciste.

Virgen de la Alegría, ayúdanos a reconocer como Salvador a tu hijo Jesucristo que con el Padre y el Espíritu Santo, vive por los siglos de los siglos. Amén.

Sepultura del Señor

Canción: Sube el Nazareno.
Entra procesionalmente la imagen del Cristo del Consuelo.


Al contemplar la imagen de Cristo crucificado, el hombre bueno, el inocente injustamente condenado, el Dios rechazado queremos confesar que Jesús fue superior al estado y a la raza; fue mucho más que una revolución.

Al comienzo de nuestra era, cuando reinaba Tiberio, nadie supo decir exactamente ni dónde, ni cuándo, un personaje del que muy pocas cosas sabemos abrió una brecha en el horizonte del hombre. No era, seguramente, ni un filósofo ni un tribuno, pero debió vivir de tal forma que toda su vida venía a decir: cada uno de vosotros puede en cualquier momento recomenzar su vida.

Decenas, quizá centenares, de narradores populares, han cantado esta buena noticia. Conocemos tres o cuatro. El impacto que ellos recibieron lo han expresado con las imágenes de la gente sencilla, de los humildes, de los ofendidos, de los apaleados, cuando éstos se ponen a soñar que todo ha llegado a ser posible: el ciego empieza a ver, el tullido a caminar, los hambrientos en medio del desierto se hartan de pan, la prostituta se da cuenta de que es toda una mujer, el hijo muerto vuelve a la vida.

Para gritar hasta el fin la buena noticia era preciso que él mismo, por su resurrección, nos hiciera saber que todas las barreras habían sido abatidas, hasta la misma barrera suprema de la muerte…

En este hombre el amor debió ser incendiario, subversivo. Si no, no lo hubieran dejado morir en la cruz.

Su vida y su muerte son también nuestra; pertenece a todos aquellos para quienes la vida tiene un sentido.

Al contemplar a Jesús muerto en la cruz, donde aparentemente desaparece toda esperanza, mi fe es ésta:

Para mí no hay salvación más que en Jesucristo

Por el mundo y por mí tengo confianza en Jesús de Nazaret. Es el único salvador y maestro.

Fue el hombre verdadero, como nadie puede serlo por su propia fuerza. Murió en una cruz por los otros y por el mundo, igual que por mí. Resucitó. Está presente en todos los hombres, y para servirlos recluta a su Iglesia sin tener en cuenta nuestras distinciones.

Actúa mediante los hombres en la historia para conducirla a su fin, un universo reconciliado en el amor.

Así, no creo en la fatalidad de la violencia, ni del odio, ni de la catástrofe, ni de la muerte, porque creo que sólo Jesús libera al hombre para libres decisiones.

Gracias a él, mi vida tiene sentido, como también el universo.

Por el mundo y por mí, creo y espero en Jesús de Nazaret, el que murió por mí, por vosotros, por los hombres de todos los tiempos.

Canción: A la hora de nona

Rememoramos la sepultura de Jesús

A.

Estaban María, la Madre del Señor; Juan, el discípulo amado, María Magdalena y las hermanas de María sentados juntos a la cruz mirando el cuerpo de Jesús crucificado entre ladrones

B.

Jesús, ha muerto.
Está blanco sin sangre, cerrados los ojos, caída la cabeza.

A.

Levantándose se dispusieron para bajar de la cruz el cuerpo de Jesús. José de Arimatea y Nicodemos, lentamente y con cuidado, van quitando los clavos que sujetan el cuerpo al madero de la cruz, y lo descuelgan.

Todos reciben el cuerpo del señor y lo ponen en tierra. Todos se colocan alrededor y todos lloran.

B.

María, la Madre de Jesús, agarra el cuerpo del hijo de sus entrañas, le coloca sobre su seno, allí descansado sobre su regazo lo contempla.

Ahora ya está libre.

Inerte, pesado como un fardo, parece un juguete roto, sin vida, que ya no hace gracia.

Este que ahora ha muerto en la flor de la vida nació una oscura noche cuando ella, la Virgen Madre, era aún muy joven. Ella le llevó durante nueve meses en su seno; ella le engendró.

Paso a paso ella fue siguiendo su itinerario, su crecimiento, el afianzamiento de la personalidad de aquel joven, tan igual a todos y tan diferente…

… Y ella que no entendía muy bien lo que Dios quería del Hijo de ambos, de Jesús, lo vio un día alejarse de casa; iniciar una vida de caminante que predica la Buena Nueva, el evangelio de la salvación.

Sola, viuda del carpintero José, con un hijo que anda por los caminos predicando verdades que hieren a los poderosos…

María, tan sola en su silencio, ha pensado una y mil veces que le pedía Dios a Jesús.

A.

Ahora al pie de la cruz, ante el cadáver de su hijo, ella lo entiende:

Jesús ha tenido que ser el hombre más inocente de la tierra, el más justo, el mejor, aquel cuya muerte no es el final de la Historia, sino el principio de la Esperanza.

Y ella anegada en un mar de amargura, triste en su pesar de Madre, comienza a esperar lo imposible.

C.

Vosotras que pasáis por el camino, mirad haber si hay dolor mayor que el de María.

Pero ella, sumida en su dolor, ante el cuerpo de su hijo, sólo sabe perdonar y esperar.

Los perdona, pues ellos, los pecadores no saben lo que hacen…

A.

José ruega a Nuestra Señora que permita envolver el cuerpo de Jesús en unos lienzos y darle sepultura. Ella se oponía diciendo:

C.

No queráis, amigos míos, quitarme tan pronto a mi Hijo, o sepultadme con él.

Juan, el discípulo amado y Nicodemos, con los otros comenzaron a arreglar el cuerpo del Señor; mientras tanto Nuestra Señora continuaba teniendo la cabeza de su Hijo apoyada en su regazo, reservándola para arreglarla.

Ella viendo que no puede detener más la separación, pone su rostro sobre el de su Hijo y le dice:

C.

Hijo mío, en mi regazo te tengo muerto y es muy dura la separación que me ha causado tu muerte… Hijo mío has recibido ahora la muerte como si fueras un criminal. ¡Oh hijo mío, cuán amarga es esta separación!

A.

Después lavó el rostro de su Hijo y besándole envolvió su cabeza en un sudario.

Entonces todos adoran de rodillas al Señor, y besando sus pies, llevan al sepulcro a Nuestro Señor.

Nuestra Señora se levantó y puesta de rodilla se abrazó al sepulcro y dijo:

C.

Hijo mío, no puedo estar más contigo, yo te recomiendo a tu Padre.

A.

Levantando los ojos al cielo dijo:

C.

Eterno Padre, os recomiendo a mi Hijo y a mi alma que dejó con él.

A.

Dicho esto comenzaron a retirarse. Cuando llegaron a la cruz se arrodillo nuestra Señora y la adoró diciendo:

C.

Aquí reposó mi Hijo y aquí esta su preciosa sangre.

A.

Desde aquí se dirigieron hacia la ciudad y ella continuamente volvía la cabeza para mirar atrás…

Al aproximarse a la ciudad las santas mujeres le pusieron un velo, como viuda, cubriendo casi todo su rostro. Iban ellas delante, y Nuestra Señora Velada, las seguía llena de suma tristeza entre Juan, el discípulo amado, y la Magdalena.

A.

Cuando llegaron a la casa se retiró y arrodillándose comenzó a llorar amargamente, diciendo:

C.

Hijo mío ¿dónde estás que no te veo? ¿Dónde está tu padre que te amaba con tanta ternura? ¿En dónde estás hijo mío?

B.

Todos estaban llenos de aflicción y dolor como huérfanos, tristes, pero sentados juntos, recordaban lo pasado…

Nuestra Señora permanecía con el ánimo tranquilo, pero, de cuando en cuando, le asaltaba el dolor, y el recuerdo de todo lo que había sucedido durante la pasión de su Hijo: la traición de Judas, la huida de los apóstoles, la negación de Pedro, los insultos proferidos contra Jesús, la flagelación, la crucifixión y su lenta agonía.

…Y en su soledad clamaba:

C.

¡Dulce y querido hijo! ¿Cómo fue posible que tuvieras que tomar sobre ti el tormento de la cruz?

¡Hijo mío y Dios mío! ¿Cómo pudiste tolerar lanzas, bofetadas, clavos, burlas, corona de espinas y manto de púrpura, al esponja, la caña, la hiel, y el vinagre?

¿Qué mal hiciste? ¡Hijo mío! ¿En qué has ofendiste a los poderosos? ¿Por qué te clavaron en esa cruz los hombres injustos y desagradecidos?

¡Tú les curaste sus paralíticos y enfermos! ¡Tú les resucitaste sus muertos!

He visto tus sufrimientos, la muerte inmerecida y no he podido ayudarte.

A.

Tristes, llenos de aflicción y dolor, esperan, pues presiente que la muerte de Jesús habrá de ser el inicio de una primavera de alegría y de vida nueva.

Canción: Dolorosa

Meditación

Ante la imagen de Jesús muerto, reposando en el sepulcro, el hombre bueno que paso por el mundo haciendo el bien y curando a los que sentían la opresión del mal, nos hacemos la pregunta que tantos se han hecho a lo largo de los tiempos: Señor, ¿Dónde estás? Pues es difícil, contemplando la imagen de Jesús muerto, encontrarse a Dios en el esplendor de la liturgia, en las elucubraciones mentales de los discursos filosóficos o teológicos.

Dios no está en los caminos de muerte y de injusticia, Dios no se encuentra allí donde se da la opresión o donde se niega la dignidad de la persona.

Por el contrario a Dios se le percibe donde se construye y ama la vida, donde se da el compromiso por la justicia y la libertad, donde se es fiel al ser humano, no vendiendo la propia dignidad, rechazando los falsos dioses, dioses de esclavitud y de muerte. Dios está allí donde uno compromete su vida en construir un mundo mejor, está allí donde un hombre trabaja y un corazón le responde.

El sacrificio de Cristo no fue una acción litúrgica realizada en el interior de un templo, sino la entrega de su propia vida realizada en medio del mundo, allí donde el ser humano vive la vida y construye la convivencia. El culto que damos a Dios no debe ser más que la expresión de una vida comprometida, de una vida que es fiel reflejo del único que es bueno, compasivo y misericordioso, reflejo de Dios. El verdadero culto que damos a Dios está en el trato con la gente, el partir el pan con el hambriento, el vestido con el desnudo, el llevar una palabra de consuelo al triste, el perdonar y acoger al que vuelve: “Tú que sigues a Cristo y que le imitas, tú que vives de la palabra de Dios, tú que meditas en su ley noche y día, tú que te ejercitas en sus mandamientos, tú estás siempre en el santuario y nunca sales de él. Porque el santuario no hay que buscarlo en un lugar, sino en los actos, en la vida, en las costumbres. Si son según Dios, si se cumplen conforme a su mandato, poco importa que estés en tu casa o en la plaza, ni siquiera importa que te encuentres en el teatro; si sirves al Verbo de Dios, no lo dudes, tú estás en el templo”. (Orígenes)

El Dios de Jesús se nos presenta como el padre de la misericordia, que perdona y acoge al pecador, consuela al triste, ayuda al pobre, es el que nos quiere no por nuestros méritos, sino por ser hijos suyos.

Por eso a Dios le percibimos allí donde hay amor, donde hay vida, donde el perdón vence al odio y la indulgencia a la venganza.

A Dios se le percibe en la belleza de la naturaleza, en el espesor del mundo, en lo complicado de la vida humana, donde alguien se debate en el dolor y otros gozan en la alegría, le percibimos como vida que se da en el que nace y como el acoge la vida del que fallece.

Dios está ahí, en todo y en todas las partes, pero es algo más que todo, es la realidad que funda todas las cosas y a la que tienden todas: en él vivimos, nos movemos y existimos.

Al contemplar la imagen de Cristo muerto, debemos purificar nuestra fe, el modo y la manera de comprender a Dios, para percibirlo en todo y no confundirlo con todo, pues Dios está en la flor, en el azul del cielo, en el niño y en el anciano, en la lucha por la justicia, en el dolor y en la felicidad; pero no es ni el dolor, ni el azul del cielo, ni el niño, ni el anciano, es algo más, siempre está más allá.

Es difícil definir a Dios, el apóstol decía que Dios es amor, al Dios de Jesús se le conoce por lo que Jesús hacía, las obras de Jesús son la obras de Dios, y Dios es como era Jesús, buenos, compasivo y misericordioso. Y a Dios hoy se le conoce por la sobras que hacen los que dicen creer en él, Jesús decía que hemos de parecernos al padre del cielo, siendo como él buenos, misericordiosos y compasivos. Nuestras obras hacen presente a Dios o le ocultan a los ojos de nuestros contemporáneos, de ahí la importancia que tiene el tomarnos en serio la vida, el ser coherentes con lo que decimos creer. Debemos llevar en nuestra vida las marcas de Cristo, que no son las llagas de los clavos de la cruz, sino las actitudes con que él pasó por la vida. Allí donde los cristianos hacen las obras de Jesús, se aman como él nos amo, guardan su recuerdo y celebran su presencia en medio de la Iglesia, perdonan y acogen al pecador, redimen la vida de todo lo que le quita bondad y hermosura, allí está Dios.

De pie recibimos la imagen de Cristo Yacente. Toque de tambor. Al colocar la imagen se canta Santo entierro

Peticiones

Para que no convirtamos la cruz en la condecoración que lucen en su pecho los satisfechos y los arrogantes, y siga siendo el símbolo de los que luchan para que en esta tierra haya más igualdad entre todos, más solidaridad con los crucificados de la historia y más fraternidad entre todos los hijos de Dios. Roguemos al Señor

Para que sepamos acercarnos con bondad a quien sufre, a quien está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudándonos a llevar la misma cruz de Jesús, pues así alcanzamos la salvación y contribuimos a la salvación del mundo. Roguemos al Señor

Para que en las horas de oscuridad, cuando parece que Dios esta ausente, no perdamos la luz de la esperanza, y creamos que el Señor, al que hoy contemplamos muerto y mañana celebraremos resucitado, es nuestro Señor y Salvador. Roguemos al Señor

Que cada vez que nos sintamos solos en el camino de la vida no olvidemos que el Señor va con nosotros, que no nos olvidemos de pedirle en medio de nuestras necesidades, que no nos cansemos de seguirle, pues él nunca se cansa de acompañarnos. Roguemos al Señor

Ya que hemos sido creados por Dios y para Dios, no perdamos la confianza de saber que estemos donde estemos, Dios siempre va a ir a buscarnos; que hayamos caído donde hayamos caído, Dios nos va a encontrar, porque Él no va a dejar de reclamar lo que es suyo. Roguemos al Señor


Repetimos la oración que nos enseñó Jesús

Padre, al contemplar a Cristo muerto por amor a nosotros, queremos pedirte que, cuando él llegue, podamos reconocerle, que no perdamos la confianza en su palabra: “El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre”, y es que el que es fiel a las palabras de Cristo, será buscado por Él, que es la Resurrección y la Vida. Te lo pedimos por él que vive y Reina por los siglos de los siglos.


Canción Alma de Cristo.

En silencio pasamos a venerar a Cristo Yacente haciendo una leve inclinación de cabeza ante la imagen. Salimos por el pasillo central y nos retiramos por los laterales.

Peregrinación del Consuelo 2020

Amigos, nos disponemos a comenzar la Peregrinación del Consuelo, que quiere ser un rememorar en nosotros el camino de Cristo hasta la Cruz.

El viacrucis como práctica de piedad, ha brotado directamente del corazón del pueblo, de su afán de reproducir los santos misterios de la Redención, de querer tomar parte activa en todo lo que sucedió aquella mañana del primer Viernes Santo de la historia. 

Como los viejos peregrinos por las calles de Jerusalén, en nuestra Peregrinación del Consuelo, nosotros, por las calles de nuestra ciudad, queremos recordar el camino de Jesús hacia la Cruz. Como ellos, nos trasladamos espiritualmente a aquella mañana del primer Viernes Santo y nos imaginamos que formamos parte del grupo reducido y fiel que seguía compasivo al Señor. Haciendo las distintas estaciones, nos pararemos a recordar piadosamente algunos de los sucesos que acontecieron aquella mañana del primer Viernes Santo en el camino hacia el Calvario. 

El Vía Crucis debe decirnos siempre algo a los que le rezamos y sobre todo debemos sacar una doble enseñanza. 

El llegar a sentir de forma de vida el sufrimiento de Jesús. Espiritualmente, y ayudados con nuestra imaginación, andamos con Él, padecemos con Él; llegamos a comprender lo grande que su amor y que es el pecado del mundo, nuestro pecado, lo que le hace sufrir y cómo todo lo soporta sencillamente por amor a Dios y a todos los seres humanos. 

Aprendamos con este ejercicio del camino de la Cruz, a arrepentirnos de nuestros pecados y así, tal vez, lleguemos a recibir la gracia de la conversión. 

1ª Estación, Jesús es condenado a muerte.

Condenado a muerte, ¿por qué?, ¿es este el regalo de la vida? Sospecho de ese Dios tuyo que parece haberte traicionado. Sospecho de la vida que acaba en condena. ¿Qué puede ocurrir ahora con nosotros, que estamos hechos de carne flácida y corazón entumecido?

 Queremos que nos comprendas en nuestros sufrimientos, y ahora que tú sufres desconciertas nuestra mente dejándonos en un suplicio mayor. 

¿A quién debo mirar en tu mirada, si sólo encuentro huidas en mi corazón y solo hallo razones a medio vestir tras mi mente?. ¿Por qué no derrotaste el orgullo de este mundo?. ¿Por qué te sublimaste al escarnio de la noche, rodeado de la nada?.

 Y no comprendo aún, ¿por qué no abandonaste al pueblo que en tu hora te había abandonado?. 

Has preferido la sentencia a la vida sin honor, la muerte a los aterrados Pedros que miramos desde lejos como piltrafas humanas, la grandeza de un hombre que clava su mirada compasiva sobre nuestros muchos pecados. Condenado al fin a las cinco del Alba, de un viernes que entonces había ya despuntado doloroso. 

2ª Estación, Jesús con la Cruz a cuestas.

Cuando la infamia se nutre de injusticia, cuando la debilidad queda tan sólo reforzada por látigo… ¿Qué más queda aún?. 

La angustia es mayor que la flaqueza. Dime, ¿qué piensas ahora de tu Dios?. ¡Qué camino de injusticia más escabroso, piedra a piedra, midiendo a cada paso el dolor de la tierra toda, como el peor y más pérfido traidor!. Te obligan a seguir camino de un horizonte de muerte, sin luz alguna, jaspeado de espinas, aderezado de flaqueza, como un Dios hundido por el peso de todas las culpas. 

¿Cómo encuentras esta tierra que tú mismo creaste?. ¿No grita Dios?. ¿Y no es torpe haberte hecho tan humano?. ¿Qué te quedaba aún de amor si todo se había ido?. 

¡Dios mío, Dios mío, desprecio y burla de los hombres!. 

No, no me hagas creer que sigues siendo el ungido, si vas lleno de tempestad y de agonía; no me hagas creer que preso, como estás, puedes llevar libertad en tu camino. 

¿Cómo podría seguir creyendo en ti si sólo te veo esclavo de un peso insoportable? 

Desde lo profundo clamo a Ti Señor. Me ahoga el sabor de la vida cargada de cruz, como me asfixia tu sanguinolento cuerpo herido. Acaso sea eso mismo ser hombre, medir la tierra paso a paso por el camino escabroso.

3ª Estación, Jesús cae por 1ª vez.

Es demasiado dura la carga en el camino, asfixia el peso del madero que aplasta los pulmones, bailan ante los ojos las paredes de las casas y los rostros de una multitud que aúllan como perros. 

En un instante, la ráfaga del recuerdo pasa por la mente; la casa, la madre, los tuyos… y te ahogas más, y atascas ensangrentado la dulce esperanza que en aquellos días acunaste. Has caído por ese peso lejano. 

Te gusta vivir, como a mí, como cualquier ser humano. Te sentías bien en esta tierra, y ella misma ha ofrecido ahora su cuerpo a tus labios. Bésala, bésala en tu caída, empapada de tu sudor sangriento y acariciale sus hombros, pues que tanto la querías. 

Todo lo que  amabas, ¿dónde se encuentra ahora?. 

El Sol, ¿dónde está el sol a mediodía?. El agua, solo ha servido para enlodazar tu camino. Los hombres, ¿Son ellos el trago amargo de tu cáliz?. ¿Dónde se han escondido tus amados seguidores?.

No oyes el acento Galileo junto a Ti. Has caído en esa terrible soledad de los fracasados. En realidad, éste había sido el horizonte toda tu vida, acaso lo que te ha impedido gozar más plenamente de tu de tu humanidad.

4ª Estación, Encuentro de Jesús con su madre.

¡Qué impaciente te has vuelto, Madre mía! ¡Cómo se han apresurado tus pasos por esa noticia de tu Hijo aireada por el viento!. 

¿No percibiste, hace ya tiempo, en tu corazón de madre la tristeza que ahogaba el alma de tu Hijo?. Llevabas treinte y tres años esperando, temiendo, esta hora. Intuías ese destino vertiginoso, inimaginable a un ser humano. Es él, quien ha llenado de temblores toda una vida. ¿Recuerdas a Simeón? Qué lejos parecía aquella espada prevenida, que ahora desgarra y vierte todos tus sueños acumulados. 

Nadie nunca tuvo así, durante toda una vida, la espada colgada sobre su cabeza de madre. Cada día introducía Dios en Ti un centímetro de lucha. Ahora, como un estoque final, se ha clavado la hoja afilada del más cruento dolor del alma. 

¡Madre mía!, tú también sientes el desamparo del Padre, en esa cruenta soledad de verte abandonada, y ver que las promesas se bailan de dudas cuando la angustia anticipa los hechos y los agranda. Yo no sé si en ese instante aceptabas lo que los apóstoles no entendían, yo no sé lo que piensa la madre de un perseguido y condenado. 

¿Qué es lo que más te hirió? ¿Quién te podrá decir ahora bendita entre las mujeres? Ahora que han desaparecido los ángeles, madre de un condenado…

¡Cuánta angustia y cuánta verdad aparentemente inútil!. ¿Cómo aceptar lo que nunca se termina de entender? ¿Quién es ahora la llena de gracia, ahora que sólo el dolor te llena?.

5ª Estación, el cirineo ayuda a llevar la cruz a Jesús.

Qué difícil soportar la compañía de un despreciado, bajo las mismas miradas de odio hambrientos. 

Le ha sostenido la pena de su Madre; y ahora, todo se resquebraja en su interior. Sus pies vacilan. ¿Va a caer de nuevo?. Tiene el rostro ajado y demacrado, las manos ásperas y enrojecidas. 

Se necesita de alguien que cargue el travesaño de la cruz y alivie unos instantes al hundido. Cargarla en la hora en que todos en este mundo parecen abandonarlo. Es preciso levantar la mirada del sufrimiento ajeno, dejar la casa de nuestra despreocupación, donde no se permite que entre la pena, rodeados por un muro de egoísmo, donde las cruces de los demás no tienen cabida. 

Vivir sufriendo, si es preciso, más no en una vida de cruces solitarias, donde las miradas se niegan y es sólo el suelo duro del camino el único refugio de los ojos, cuando la cruz se lleva cuesta arriba.

Sí, Señor, la vida necesita un Cirineo, pero ¿quién se detiene, Jesús Nazareno a ver tu rostro agobiado?. ¡Quién pudiera ir por el mundo acogiendo en el camino las penas de tantos que no pueden soportarlas!. 

6ª Estación, la Verónica limpia el rostro de Jesús.

Ha llorado sangre -mas solo las estatuas no lloran- ha llorado, ha perdido la belleza y dejado, es hermoso… Apenas puede ver, sus ojos son dos rendijas, taponados de cuajas e inflamada su cara… 

¡Qué delicadeza la de la Verónica conmovida por descubrir tu mirada!. Se te acerca, te limpia, o te cura, y entonces le dejas impresa la faz verdadera en su alma. 

Eres extraño, buscas personajes que limpian la basura, la ridícula fealdad de las heridas despreciables. ¿No son las llagas de tu frente, la prueba más palpable del escarnio y la burla?. ¿Quién se atreve a salirte al paso?. 

¡Hay tantas calles que pueden equivocar el camino doloroso!. No me atrevo a dar el paso al frente en medio de tanta comitiva. ¿No comprendes? Tengo tantos compromisos. ¿Qué dirían al verme? ¡Te das cuenta!. Mi familia, mis amigos ¡está loco!, dirían. No puedo renunciar a tantas cosas. Además, ¡son tantos rostros!,¿ yo qué puedo hacer?. 

Has entregado tus facciones y has preferido dejar tu cara en todos los paños que limpian la vida, transitando tus gestos en noche, día, campo, luz y sueño. Y una flor es ahora tu rostro, y en un anciano se puede ver tu cara, pues te has roto la piel tan sólo por dejar un poco de ella en alguien que se conmueve. 

7ª Estación, Jesús cae por 2ª vez.

Has hincado la rodilla para que penetre la respiración de tu tierra, de tu amada tierra. Porque mordiéndola es, tal vez, como mejor se anuncia al corazón el otro latido profundo que subyace en el alma, el pálpito de todas las cosas que han caído contigo, y contigo esperan impacientes celebrar su fruto como el trigo. 

¡Qué misterioso azar persigue tu camino!. Necesitamos agacharnos como los campesinos a la tierra, doblar el cuerpo para tocar el polvo, el doloroso tacto, el sudoroso dolor del fango en la piel. 

Desde la caída, Señor, déjame decirte: ¡Sálvame!, ¡elévame desde este cieno del abismo, desde este profundo de las aguas que en sus olas me confunden y anegan hasta despreciarlo todo!.

Vencido he caído mil veces, mas ayúdame, apoyado en la cruz… aunque esté ahí el misterio: que siendo cruz pueda uno levantarse amarrado a su peso. Y mil veces caiga de rodillas, si en cada paso ignoro que pueda encontrarte en una rosa o en la terrible soledad de tantos que junto a mí soportan el desaliento de esas miles de cruces que encamina el destino.

Yo sé que tú oración es ahora mirar hacia el abismo y saltar a la noche donde la cruz se alcanza. Yo sé que tú oración es aspirar rendido un ¡ay! de desolación inmensa recogiendo soledades, en esta nube de primavera convertida en tormenta. 

¿Cómo sentías a Dios en este instante?. ¿Cayó tu alma con tu cuerpo? 

Me muero de tristeza, ¿significa que Dios no está contigo?. Es como una pena caliente amasada, con puñales encendidos. 

8ª Estación, Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.

La compasión ha destronado a la curiosidad, se ha removido el corazón hostil de quienes simplemente miraban, y tú te has vuelto a ellas en un gesto de olvido por tu propio dolor. No llores por mí, llorad por vuestros hijos y por vosotras. Concédeles ese llanto porque venzas mejor tu soledad en la justicia. 

Ya son más los que se agrupan en torno tuyo: el Cirineo que te alivia; y ahora ellas, que se conmueven. Pero has hablado, quizás para dejarnos a todos confundidos. 

¿Qué ocurrirá de ahora después de tus palabras?. ¿Qué ha taladrado tus ojos en esta historia que se nos avecina?. Dichosas las estériles y los vientres que engendraron y los pechos que no criaron

Se oye un susurro de quejidos y se prolonga un ruido sordo de chasquidos y de ayees. Sólo en algún rincón de la calle, casi la misma altura del reo, unos ojos penetran transparentes: mujeres de Jerusalén, que lloran ya por las piedras de una ciudad asesina; es el gemir por quien pasa lo que somete al corazón y lo conmueve. Se va adivinando ya la oscura ladera del monte donde se ensancha la ausencia del Padre y sólo se perciben los brillos afilados de los clavos ya dispuestos. 

¿No sientes, como yo, el deseo huidizo de terminar con todo?. Ahora, al final, qué poco ya lo que queda… Sólo el sudor frío y la cabeza rendida, inclinada entre la muerte, palpando ya la agonía… Y sin embargo te fijas en quienes por Ti van llorando. 

9ª Estación, Jesús cae por 3ª vez.

¿Quién te reconoce doblado y ya sin equilibrio?. ¿Éres Tú el constructor de los 3 días? Y has caído 3 veces… ¿Aún mantienes tu dignidad erguida?.

Es preciso incorporarse, saltar desecho tan solo por llegar a la cima. Allí te espera tu obra arquitectónica, la verdadera cúpula del templo al que Tú te referías. 

El camino se ha curvado, y se han pegado a Ti, de tal manera, que has tomado con él hasta su misma postura. Te doblas como el monte y caes por él como el agua a raudales de sudor, desparramando tu cuerpo como una inmensa cascada. 

Voy a escapar de tantas caídas porque me dueles Tú, porque ver tu cara es despreciar a Dios…, y eso no. Antes me voy, antes deserto que ver el rostro de mi Dios por el suelo. 

Cuando te veo subir a empellones, creo que se me va a salir el corazón. ¿Por qué esta tarde tan larga sin entender nada?. ¿Crees que si alguien me preguntase dónde está tu Dios, le podré contestar que eres tú? ¡Qué vergüenza!. Defiéndete contra tristeza que produce tu fracaso. Tienes que afirmar tu poder sobre ella, o estamos perdidos.

Si al menos pudiera llorar, pero no, llorar no sirve de nada, tal vez Dios se revele en el silencio, tal vez, sólo tal vez, labre un grito de esperanza en tanto caes y te levantas de ese camino dolorido.

10ª Estación, Jesús es despojado de sus vestiduras.

No toquéis su cuerpo. Dejadlo. No derraméis la última gota de pudor que le queda un hombre. ¿No le veis desposeído del todo?. 

Ahora sí, ya está definitivamente desnudo, absolutamente desvalido, sin otra riqueza que su fe. Ahí está. Este es el Hombre: descalzo, sin cinturón de cuero, sin capa, sin turbante…, sin su túnica querida, sin nada…, como el gran desposeído, pero no del todo. Aún le queda ese último miedo que no se puede expoliar, un último hálito de vida que solo te deja cuando das el alma. 

Es forzoso reparar en él, fijarse aún el misterio profundo de sus ojos, mirando con la cara de Dios viendo su muerte. Ayúdame tú a que te entienda, ofuscado como estoy mi entendimiento, sin saber quién fuiste ayer, sin comprender quién serás mañana. 

Ya lo han sorteado todo; mas quedan aún tus palabras prendidas en el aire. ¡Pobre Jesús desposeído, con toda su grandeza desnudada!. 

Hombre, al fin de carne, sólo. Como un sauce de otoño, con sus brazos caídos y llorosos hasta el suelo. ¡Qué pequeño parece todo!, del tamaño de un insecto son ante Ti mis preocupaciones diarias, ante Ti que te quitaron todo y sostienes aún la fe bajo la bóveda negra que se desploma de los cielos. 

¡Perdóname, Señor, por ir con tantas cosas en mi cuerpo innecesarias!. 

11ª Estación, Jesús es clavado en la Cruz.

Han bastado 13 centímetros de acero para sujetar tus manos hacedoras.., y un carpintero como Tú ha bastado para que en un golpe certero hundiese el clavo traspasando la esperanza. ¡Qué transfiguración ahora!. Estoy por tomar, como antaño hicieran otros, la cruz por una locura, aunque todo esté cumplido, porque tú no debes morir. 

¿No ves que no entendemos de muertes inocentes?. ¿No ves que cuando ocurren es Dios quien se desploma en nuestro corazón y en nuestras esperanzas?. Tú no debes morir, aunque las sombras suban hasta tu frente, bajen hasta tu pecho, y se anuden alrededor de tu cuello.

 ¿Y qué ocurrirá con nosotros? ¿Qué ocurrirá con quien siga paso a paso tus palabras?. ¿Han de acabar como tú?. Porque no entiendo qué quieres clavado son el madero. 

En ese infernal contorno sin luz, con luces y sombras, donde el desdén te acompaña y se alimenta el desprecio, ahí te veo clavado en medio de los insultos, convertido en rey grotesco, condenado por blasfemo. ¿Por qué no bajas, profeta, y demuestras tu verdadero poder?.

¡Cuantas tentaciones tengo por no sufrir!. Porque al mostrarse el dolor sólo me nacen renuncias. ¡Que te libre Dios si tanto te quiere!. 

¿No decías ser su Hijo?. Demuéstrales a los jueces lo que en verdad dijiste para no darles la razón en pensar que eres blasfemo. 

12ª Estación, Jesús muere en la Cruz.

Ya está ahí tendido como un puente entre Dios y nosotros, haciendo el último equilibrio, con siete palabras como siete puñales, como una nueva creación que pide su descanso. ¡No será tiempo ya de olvidarse de cuanto te rodea y dedicarte a tu dolor?. 

Pero aún te falta aún el mejor de los regalos, la Vida. No te bastó todo el dolor del mundo que aún tuviste que compartir el enorme dolor de ver presente a tu madre, descubrir el eco de su propio sufrimiento, sintiéndose así desgarrarse de nuevo tu corazón por ella. Ya esta próxima la hora de nona, en esa terrible paradoja en la que alcanzando el sol su cenit, las tinieblas, sin embargo, se adueñan de todo echándose vencedora sobre la tierra. 

Sólo le queda tu aliento expirar el último aire caliente que llamea en tu pecho: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿Por qué me has abandonado? 

Como un valiente escándalo contradictorio que nunca lograremos entender, y sin embargo, constituye el resumen perfecto de los anonadamientos humanos, la Palabra hecha carne hasta ese extremo, sentir lejano a Dios, hasta ese punto. Ya solo falta morir. Es muy sencillo, basta caer y esperar a que las inmensas manos compasivas recojan el fruto del árbol. 

Todo acabó, es hora de descansar. Termina pronto, y eleva tu ultima mirada.

¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!. 

13ª Estación, Jesús es bajado de la Cruz y puesto en brazos de su madre.

 Ya has hablado, Señor, hasta el infinito. ¡Todo está concedido a la muerte! Ya han cesado las voces, y siento el desamor triunfante sobre un palo, donde todo se acaba, donde empieza la noche, donde todo queda detenido. 

Resta, eso sí, bajarte el tormento. Queda desclavar al reo, lentamente, con ese ritmo del que no pudo hacer nada, preparar un paño para el muerto, lavar sus llagas. Sobran las palabras sabias cuando se está desenclavando como un guiñapo en brazos de sus seres queridos, como un mármol frío en brazos de una Piedad que de dolerse no le quedan lágrimas y solo mece y mece… como a un niño… y mira el cielo. 

Extiendo mis brazos y solo palpan silencio y misterio. No hay ninguna llamada perdida en algún punto del firmamento. Como si todo se hubiera derrumbado contigo y cosas hubieran perdido su vértice de apoyo. 

Cuando busco a Dios y está muerto en el regazo de su madre, ¿tendré que decir que ese es Dios?, ¿habré de decir que entra en la vida por las puertas de los tristes, por entre los regazos destrozados y por entre las almas rendidas?. 

Este es el Dios-Hombre que entra en la vida por el persistente llanto de quienes aún están clavados, esperando a que José y Nicodemo suban la escalinata de una cruz cualquiera. 

¡Quién sabe!, acaso Él mismo haya querido retrasar su triunfo por ver primero el trabajo de desenclavar a todos en el universo. 

14ª Estación, el cuerpo de Jesús puesto en el sepulcro.

El hombre ¿no será el hombre algo más que la caída de una hoja? Porque no puedo entender que hayas dejado de ser quien decías que eras. 

¿Dónde está ahora ese trozo de ruina que es la carne, ese montón de imposibles que tanto prometía? Si, nos dimos cuenta de que todo era locura. Y ahora no entendemos por qué seguir aún aferrados a ella, abocados en la profunda noche de pretender ser más tuyos ungiendo un cuerpo que nada tiene que ver con la Vida. 

Dime qué está ahí, deja que vuelva a las tareas de siempre, a ese lugar del que nunca debí salir para seguirte por pensar que el mundo podría ser de otra manera. ¿Te das cuenta?. Se ha sepultado mi esperanza,.y la has llevado contigo. Porque todo indica el más rotundo y estrepitoso de los fracasos. 

¿Y qué ocurre ahora?. Tres años de vida. ¿Y he de esperar tres días de muerte?. Tres días para disipar el aliento; tres días son suficientes para que seamos polvo en el desierto que coquetea con cualquier brisa; tres días han bastado para destrozar el mayor imperio de todos, el Hombre. ¿Y pretendes permanecer en la tumba sellada?. ¿No te das cuenta que son ellos, sólo ellos, quienes pretenden disipar la esperanza?. ¿Por qué, sino, los guardias en tu lecho?. ¿Qué sospechan de Ti los que a Ti te matan?. ¿Han oído algo?. ¿Algo que debiste decirnos antes de haber partido?. Para esto quieres que te siga. ¿Para ungir de aceite oloroso la muerte como si el unto prolongase algo la Vida? No, no hagas que se prolongur una esperanza innecesaria. No quiero ver incorrupto tu cuerpo. Quiero que salgas pronto dejando la tumba abandonada. 

Oración final:

Delante de la Cruz, los ojos míos

Quédenseme, Señor así mirando

Y sin ellos quererlo estén llorando

Porque pecaron mucho y están fríos.

Y estos labios que dicen mis desvíos

Quédenseme, Señor así cantando

Y sin ellos quererlo estén rezando

Porque pecaron mucho y son impíos.

Y así con la mirada en voz prendida

Y así con la palabra prisionera,

Como la carne a vuestra cruz asida

Quédeseme, Señor, el alma entera

Y así clavada en vuestra cruz mi vida,

Señor, así cuando queráis me muera.

La devoción al Santísimo Cristo del Consuelo

La devoción a Cristo crucificado en la Iglesia de San Benito de Valladolid viene de los últimos años del siglo XIX. En una de las capillas de la iglesia se encontró en 1892, por los terciarios carmelitas que lograron reabrir la iglesia al culto, un crucifijo tirado y con un brazo roto.

Restaurado el desperfecto, se puso a veneración de los fieles. Francisco de Cossío y Agapito Revilla, al visitar el templo en el que se hallaba buena parte de las plataformas con los pasos que saldrían por vez primera en el viernes santo de 1920, se dieron cuenta de que aquel Cristo roto era el que había rematado el calvario del retablo de San Benito, obra de Alonso Berruguete.

El prior de San Benito no pudo evitar que se trasladase la talla al museo. En el libro de acta de los terciarios se lee: “El día 31 de julio de este año de 1923 fue trasladado al Museo Provincial, por haber sido reclamado por la Dirección del mismo, la imagen del Crucifijo grande que encontró abandonada la Venerable Orden Tercera cuando vino a San Benito el año de 1892. Se le tenía en gran estima y veneración, y causó mucho sentimiento su traslado. Dejaron otro crucifijo a cambio, pero no es el mismo. El crucifijo reclamado y llevado al Museo era el que formaba el Calvario, o remate, del antiguo retablo del altar mayor de esta iglesia construido por Alonso Berruguete el año 1532”.
A cambio del crucifijo de Alonso de Berruguete se dio otro de buena calidad, obra de Gregorio Fernández, que en enero de 1923 se puso como remate del retablo que, procedente de la catedral, acababa de llegar a San Benito.

En 1941 el prior de San Benito, Padre José Gabriel, y para que no se perdiese la devoción a Cristo crucificado habilitó una de las capillas para un Cristo nuevo, adquirido en unos almacenes de Madrid y de escayola (1941). Desde 1944 se celebraron en su honor triduos coincidentes con la semana de pasión. Desde el principio fue conocido como Cristo del Consuelo. Era expresivo, y a pesar de no ser una obra de arte, la devoción popular se manifestó de tal forma, que besos y contactos le desgastaron el pie, que hubo que cubrir con una plancha de plata para evitar el deterioro progresivo.

Pasados los años, en 1972, con motivo de la restauración interior de la iglesia de San Benito, se sustituyó esta imagen, que se trasladó a la iglesia del Carmen de Palencia, por la del remate del retablo el Crucifijo de Gregorio Fernández, que es la que hoy es venerada fervientemente por los vallisoletanos que le visitan y le rezan en su capilla.

El profesor Juan José Martín González describe la imagen del Cristo del Consuelo: “Mide 1,26 metros. Cuerpo muy esbelto. Presenta corona de espinas labrada en la misma madera. Una de las espinas atraviesa la ceja izquierda. El paño de pureza es reducido, formando nudo en la izquierda. Los pliegues son suaves. Por estos detalles se puede pensar en una cronología muy temprana. Está trabajada con criterio académico, con suavidad exquisita, sobre todo en las extremidades inferiores. La sensibilidad de Fernández por el desnudo está patente, ya que el paño de pureza en un costado no hace sino subrayar como fondo el perfil del muslo. Espléndida policromía, muy oscurecida. Ojos casi cerrados. Una finísima herida en el costado; leves regueros de sangre. Especialmente valorados los amoratamientos de las rodillas y los pies”. La imagen invita a una contemplación próxima.

Desde que la Cofradía del Santo Sepulcro nació se hizo cargo de los cultos del Cristo del Consuelo. Ya en 1946 celebró el triduo mencionado con toda solemnidad, y a partir de entonces no ha dejado de hacerlo. En la actualidad, todos los viernes de cuaresma, a las ocho y media de la tarde, celebra el víacrucis. El Viernes Santo, a media tarde tiene un acto penitencial. Desde 1980 viene organizando la Peregrinación del Consuelo, que sale de San Benito el Miércoles Santo a las doce de la noche, y que entre silencios y redobles de tambor, camina por las calles meditando el víacrucis. Con motivo de los 50 años de la fundación de la Cofradía del Santo Sepulcro la imagen del Cristo del Con suelo salió a la calle en la Peregrinación del Consuelo, portada, desde entonces, a hombros por los cofrades del Santo Sepulcro, siendo acompañada por numerosos fieles.

Semana Santa

La Semana Santa es tiempo para la contemplación, “poner los ojos en Cristo”, decía el apóstol; “nos os pido, sino que le miréis”, gritaba Santa Teresa. Y la contemplación requiere sosiego, silencio, quietud interior, para lograr hacernos una composición de aquellos acontecimientos de la vida de Jesús, al que confesamos nuestro bien y salvación. 

            Todos al llagar la Semana Santa escuchamos el grito: “Contempla y mira”. ¿A quién hemos de contemplar? Al que hemos de mirar es Cristo, el Señor, que montado en una borrica entra entre aclamaciones en Jerusalén. Al maestro que parte el pan y reparte el vino a sus discípulos. Al hombre que, orando a su Dios y padre, llora amargamente en la soledad de la noche. Al amigo que por unas míseras monedas es vendido a las autoridades. Al discípulo que llora su cobardía por haber traicionado al amigo. Al buen Jesús que,  despojado de sus vestidos, es azotado y convertido en objeto de burla. Al hombre bueno que, cargado con un pesado madero, es llevado a un cerro en las afueras de la ciudad para ser ajusticiado. A la madre que, al encontrase a su hijo en la calle de la Amargura, clama: “¡Hay dolor mayor que mi dolor!” Al que confesamos como hijo de Dios que, clavado en una cruz, se siente abandonado de todos y siente lejos a su Dios y Padre. Al que habiendo sanado a los enfermos y dado vida a los muertos, como todo muerto, reposa en el sepulcro y descansa en paz.

            Y escucharemos: Levanta tus ojos y contempla el árbol santo de la cruz. Pero también se nos invita a hacer el camino de las Santa mujeres y contemplar el sepulcro vacío y escuchar la misteriosa voz que nos dice: “No busquéis entre los muertos al que vive”.

            Os invito a prepararos para que en Semana Santa la  Pasión, sea una pasión viva y vivida, donde el verdadero protagonismo sea de Cristo y del pueblo que le contempla y que se hace compasivo con él y con su madre. 

            Que esta Semana tan atípica, sin celebraciones solemnes en San Benito, la sede de nuestra cofradía, sin calles y sin desfiles procesionales, no falte la meditación de  la pasión en el interior de vuestras casas, que sintáis el dolor y el sufrimiento de las víctimas del coronavirus es también el dolor del Señor. Y es Jesús muere por ti, por mí, por todos. Que al contemplar a Cristo escarnecido, humillado, muerto, pero también resucitado, os preguntéis: ¿Por qué?, y  lleguéis a comprender la hondura que encierra el misterio de la encarnación, de un Dios que se hace hombre, que comparte nuestro destino de muerte, para que nosotros, por la fuerza del amor de Dios, compartamos un día con él su destino de gloria.

            Al comienzo de la Semana Santa os invito a la contemplación de Cristo, el “pastorcito” sólo que está penado, con el pecho del amor muy lastimado, que no llora por haberle amor llagado, más llora por pensar que está olvidado”, y que esa compasión  os lleva a no olvidarle, sino a hacer vuestro su dolor, el dolor de tantos que como él, con los que él se identifica, sufren injustamente cada día. Que el verle, ahí, sólo, pensativo, clavado en la cruz, con el cuerpo escarnecido, “al ver sus afrentas y su muerte”, os lleve a no dejarle en el olvido, pues él no se olvida de nosotros; él te ama, y te seguirá amando en la vida y más allá de tu muerte. Él que es más grande que tu corazón y tus pensamientos, te seguirá amando más allá de tus debilidades, de tus tentaciones y tus caídas.

Os invito a contemplar y meditar en el Cristo muerto en la cruz, nuestro Cristo del Consuelo, al que el Libro de los Hechos de los apóstoles presenta como el que pasó haciendo el bien. Que esa meditación os lleve a haceros solidarios de esos otros Cristo, los de carne y hueso, que los hay hoy en nuestro mundo, a los que se infringe un daño injusto, inmigrantes, pobres, víctimas de esta pandemia del coronavirus. El Cristo del Consuelo, Cristo clavado en la cruz, se presenta ante nosotros como la memoria, que no debe ser nunca olvidada, de todos  aquellos que han sido arrancados de forma violenta de la tierra de los vivos, de todos aquellos a los que se  despoja de su honor y de su dignidad por cuatro perras, de todos los enfermos y los que sufren por cualquier causa en nuestros días. El Cristo del consuelo, clavado en la cruz, se convierte en condena de toda práctica de opresión, así como de los mecanismos de sufrimiento y muerte que siguen proliferaron en nuestro mundo.

Triduo en honor al Santísimo Cristo del Consuelo. Día 3°.

Cristo es el camino, nuestro ejemplo y luz, y este camino es morir a nuestra naturaleza en sensitivo y espiritual.

El murió a lo sensitivo, espiritualmente en su vida y naturalmente en su muerte. Porque, como él dijo, en la vida no tuvo donde reclinar su cabeza, y en la muerte lo tuvo menos.

Cuanto a lo segundo, al punto de la muerte quedó también aniquilado en el alma sin consuelo y alivio alguno, dejándole así el padre en íntima sequedad, por lo cual fue necesitado a clamar diciendo ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Lo cual fue el mayor desamparo que había tenido en su vida. Y así, en el hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue unir y reconciliar al género humano por gracia con Dios.

Cristo del Consuelo, palpo aquí la obra maestra de tu bondad para conmigo. Entre todos los instantes de vuestra cruel agonía, ninguno hay tan precioso para mí como el de vuestro completo desamparo.

Un Dios abandonado de todos para que yo no lo sea jamás. Esta última prueba de tu amor se adueña de mi desconfianza.

Creo, siento, veo ya que queréis salvarme. Cristo del Consuelo, desamparado divino, a ti ye invocaré en mis abandonos, y a ti ofreceré todos mis desamparos. Amén

Triduo en honor al Santísimo Cristo del Consuelo. Día 2°.

Al pie de la cruz, María y Juan, la madre y el discípulo amado. María, Madre de Dios ha dicho sí al ángel, anulando la tragedia de nuestra libertad. Engendró en la apacible transparencia de su cuerpo. Ahora una espada le traspasa el corazón. Juan el único discípulo fiel hasta el final. En la última cena su cabeza se había reclinado sobre el corazón del maestro. Ha retenido las últimas palabras, la unidad de Jesús y el padre, la promesa del Espíritu Santo.

Mujer, dice Jesús, ahí tienes a tu hijo, luego dice al discípulo amado, ahí tienes a tu madre. Y Juan la acoge en su casa, en su amor, presencia ahora silenciosa del gran silencio de la adoración.

He aquí la primera Iglesia nacida del madero de la cruz. Es como un primer Pentecostés, cuando Jesús, inclinando la cabeza, entrega el espíritu.

Cristo del Consuelo, palpo aquí la obra maestra de tu bondad para conmigo. Entre todos los instantes de vuestra cruel agonía, ninguno hay tan precioso para mí como el de vuestro completo desamparo.

Un Dios abandonado de todos para que yo no lo sea jamás. Esta última prueba de tu amor se adueña de mi desconfianza.

Creo, siento, veo ya que queréis salvarme. Cristo del Consuelo, desamparado divino, a ti ye invocaré en mis abandonos, y a ti ofreceré todos mis desamparos. Amén

Triduo en honor al Santísimo Cristo del Consuelo. Día 1°.

Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le respondió: Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso.

El buen ladrón reconoció al Señor en la cruz. Algunos no lo reconocieron cuando hacía milagros, y él lo reconoció cuando estaba en la cruz. Tenía clavados todos sus miembros. Las manos estaban sujetas con clavos y sogas, los pies habían sido taladrados, todo el cuerpo estaba adherido al madero.

En su corazón creyó, con la lengua confesó su fe. Le dijo: acuérdate de mí. Esperaba su salvación para el futuro y estaba contento de recibirla tras un largo plazo de tiempo. Pero el día se hizo esperar. Le dijo el Señor: Hoy mismo estás conmigo en el madero de la cruz, hoy también estarás conmigo en el árbol de la salvación.

Cristo del Consuelo, palpo aquí la obra maestra de tu bondad para conmigo.

Entre todos los instantes de vuestra cruel agonía, ninguno hay tan precioso para mí como el de vuestro completo desamparo.

Un Dios abandonado de todos para que yo no lo sea jamás. Esta última prueba de tu amor se adueña de mi desconfianza.

Cristo del Consuelo, desamparado divino, a ti te invocaré en mis abandonos, y a ti ofreceré todos mis desamparos.

Jornada de Oración con toda la provincia ibérica.


En el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo. Amén

Himno
¡San José, cuídanos!
(Edith Stein en la fiesta de San José de 1939)

El cielo, pesado y oscuro, se nos cae encima.
¿Es que siempre es noche y la luz nunca más quiere aparecer?
¿Es que el Padre, arriba, se ha apartado de nosotros?
Como una pesadilla la necesidad oprime el corazón.
¿No hay ningún salvador a la redonda?
¿Alguien que pueda ayudar?
¡Mira! un rayo se abre paso victoriosamente entre las nubes.
Una lúcida estrella amistosamente mira hacia abajo,
como un ojo paternal, bondadoso, clemente.
Y así acepto todo lo que nos angustia,
lo alzo y lo deposito en las manos fieles:
¡Acógelo!
¡San José, cuídanos!

Fuertes tormentas braman por la tierra;
robles, que hundían sus raíces en el corazón de la tierra,
y que orgullosos alzaban sus copas hacia el cielo,
yacen ahora desenraizados y quebrados.
Horror de la devastación por todas partes.
¿La tormenta no sacude incluso el alcázar de la fe?
¿Se quebrarán sus santos pilares?
Nuestro brazo es débil, ¿quién los sostendrá?
Suspirantes elevamos las manos hacia ti:
Tú, como Abraham padre en la fe,
fuerte en la candidez del niño, poderoso
por la fuerza de la obediencia y de la recta intención:
ampara el sagrado templo de la Nueva Alianza,
Sé tú su refugio
¡San José, cuídanos!

Si tenemos que caminar a tierra extranjera,
o buscar posada de casa en casa,
vete por delante como guía fiel,
tú, compañero de camino de la Virgen Purísima,
tú, padre fielmente preocupado del Hijo de Dios.
Belén y Nazaret, incluso Egipto,
será nuestro hogar, si tú permaneces con nosotros.
Donde tú estás, está la bendición del cielo.
Como niños seguimos tus pasos;
llenos de confianza nos ponemos en tus manos:
Sé tú nuestro hogar:
¡San José, cuídanos!

Salmo 50

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos

Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén

De la carta del apóstol San Pablo a los romanos

Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?

El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?

¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica.

¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros?

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?

Como dice la Escritura: “Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero.
Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó.

Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrán separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.

Salmo 122

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, como están los

ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están

nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos

De evangelio según San Marcos

Aquel día, al atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla».
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua.
Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».
Meditación

Hemos escuchado a San Pablo que nos ha dicho: nada nos separara del amor de Dios, y Jesús, en el evangelio de San Marco nos dice: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. El cristianismo es buena noticia del amor Dios, y es por tanto una invitación a la confianza en nuestro Dios y Padre, un Dios con corazón y sentimientos, un Dios que en estos momentos sufre y se duele con nosotros.
Hemos invocado a San José, con palabras de nuestra hermana Edith Stein, cuando da la impresión de que el cielo, pesado y oscuro, se nos cae encima, y le hemos pedido que nos cuide a nosotros, como cuido a Jesús y a María, como cuido de nuestra Santa Madre Teresa y de su obra.
En el pasado no era extrañar que las religiones pensasen que las epidemias eran un castigo divino por el mal comporta¬miento del hombre. ¿Quién podía ser capaz, si no, de causar tanto pesar y tanto horror? Pero con el evangelio en la mano y mirando a Jesús, resulta innegable que el hombre repite las mismas malas acciones y parece no apren¬der de la experiencia, pero Dios, el que nos ha dado su hijo, como amigo y hermano, no para con denar, sino para salvar, no castiga a nadie. Es el ser humano quien ha provocado las guerras, las hambrunas y la miseria. Los insectos, tan ajenos a todo lo que ocurre a su alrededor, los patógenos, simplemente, y siguiendo la ley de la naturaleza, se aprovechan de las circunstancias.
En este día en que celebramos el aniversario del nacimiento Santa Teresa, nuestra Madre, deberíamos hacer nuestra su invitación: “no os pido sino que le miréis”. ¿Mirar a quién?, a Jesucristo, y en él a todos los que hoy sufren con esta pandemia del coronavirus. Hoy cuando nuestros templos están cerrados, cuando el culto público y solemne se ha refugiado en la casas y en oración silenciosa, los creyentes más que nunca miramos a aquel del que afirmamos que es nuestro bien y nuestra esperanza, a Jesucristo, no sólo el crucificado, sino el que paso por el mundo haciendo el bien, encarnando en sus acciones la bondad y compasión del mismo Dios. Miramos también a los que sufren la enfermedad del coronavirus, a los que pierden la vida por ella. Hoy, más allá del sufrimiento que vemos en nuestras cercanías, en nuestros vecinos de la ciudad, en nuestros compatriotas, descubrimos que los otros, los de otros países, de otras religiones o culturas, que sufren como nosotros, son también mis hermanos.
En estos momentos de templos cerrados los cristianos están ahí, unos, como buenos, ciudadanos, retirados en el interior de sus casas; otros como enfermos sufriendo el contagio; muchos en la atención, como profesionales de la sanidad y de los servicios públicos, atendiendo a los necesitados. Todos rezando en el silencio del retiro familiar. Esto también nos ayuda a comprender dónde está Dios, pues a Dios no le podemos encerrar, y lo hacemos con frecuencia, en determinados lugares, templos, ciudades sagradas, capillas, que tal vez por sagrados están alejados de la vida, de la realidad, de donde de verdad habita Dios.
Dios está allí donde la vida se humaniza, donde se redime de todo aquello que la amenaza, que la quita dignidad y hermosura. Dios está allí donde alguien se esfuerza por hacer felices a los demás, donde alguien gasta su vida por los necesitados. Hay una anécdota que cuentan los judíos que aconteció después de la destrucción del templo de Jerusalén, a finales del siglo primero. Salían de Jerusalén dos rabinos, dos maestros religiosos del pueblo, y uno de ellos se fijó en el templo destruido y exclamo: ¡hay de nosotros! El lugar donde se expiaba por las iniquidades de Israel ha quedado desolado. El otro rabino te contestó: Hijo mío, no te apenes. Tenemos otra expiación tan eficaz como esa. La oración y los actos de caridad, como está dicho: Misericordia quiero y no sacrificios. En estos gestos de la oración y la caridad Dios está con nosotros.

Súplica litánica

TE ADORAMOS, SEÑOR.

Verdadero Dios y verdadero hombre,
Te adoramos, Señor

Salvador nuestro, Dios con nosotros, fiel y rico en misericordia
Te adoramos, Señor

Rey y Señor de lo creado y de la historia
Te adoramos, Señor

Vencedor del pecado y de la muerte
Te adoramos, Señor

Amigo del hombre, resucitado y vivo a la derecha del Padre
Te adoramos, Señor

CREEMOS EN TI, SEÑOR

Hijo unigénito del Padre, que bajaste del cielo por nuestra salvación
Creemos en ti, oh Señor

Doctor celestial, que te inclina sobre nuestra miseria
Creemos en ti, oh Señor

Cordero inmolado, que te
ofreces para redimirnos del mal
Creemos en ti, oh Señor

Buen Pastor, que das tu vida por el rebaño que amas
Creemos en ti, oh Señor

Pan vivo, que nos das la Vida eterna
Creemos en ti, oh Señor

LIBRANOS, SEÑOR

Del poder de pecado y las seducciones del mundo.
Líbranos, Señor

Del orgullo y la presunción de poder prescindir de ti
Líbranos, Señor

De los engaños del miedo
y de la angustia
Líbranos, Señor

De la incredulidad y la desesperación
Líbranos, Señor

De la dureza del corazón y de la incapacidad de amar
Libéranos, Señor

SÁLVANOS, SEÑOR

De todos los males que afligen a la humanidad
Sálvanos, Señor
Del hambre, la carestía y el egoísmo.
Sálvanos, Señor
De las enfermedades, epidemias, y del miedo al hermano.
Sálvanos, Señor
De los intereses egoístas y de la violencia
Sálvanos, Señor
Del engaño, de la mala información y de la manipulación de las conciencias
Sálvanos, Señor

CONSUÉLANOS, SEÑOR

Mira a tu Iglesia, que atraviesa el desierto
Consuélanos, Señor

Mira a la humanidad, aterrorizada de miedo y de angustia
Consuélanos, Señor

Mira a los enfermos y
moribundos, oprimidos por la

soledad
Consuélanos, Señor

Mira a los médicos y profesionales de la salud, cansados de la fatiga.
Consuélanos, Señor

DANOS TU ESPÍRITU, SEÑOR.

En la hora de la prueba y la pérdida.
Danos tu Espíritu, Señor

En la tentación y la fragilidad
Danos tu Espíritu, Señor

En el combate contra el mal y el pecado
Danos tu Espíritu, Señor

En la búsqueda del verdadero bien y la verdadera alegría
Danos tu Espíritu, Señor

En la decisión de permanecer en Ti y en tu amistad
Danos tu Espíritu, Señor

ÁBRENOS A LA ESPERANZA, SEÑOR

Si el pecado nos oprime
Ábrenos a la esperanza, Señor

Si el odio nos cierra el corazón
Ábrenos a la esperanza, Señor

Si el dolor nos visita
Ábrenos a la esperanza, Señor

Si la indiferencia nos preocupa
Ábrenos a la esperanza, Señor

Dirijámonos al Padre que vela
por todas las cosas

Padre nuestro, que estás en los cielos,
Santificado sea tu nombre,
Venga a nosotros tu reino,
Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo;
Danos hoy nuestro pan de cada día,
Perdona nuestras ofensas,
Así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
Y no nos dejes caer en la tentación,
Más líbranos del mal.


Oremos:
Dios omnipotente y misericordioso,
mira nuestra dolorosa condición:
conforta a tus hijos y abre nuestros corazones a la esperanza,
para que sintamos en medio de nosotros tu presencia de Padre.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que es Dios, y vive y reina contigo,
en la unidad del Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.

Invocación a la Virgen María

“Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.

Nosotros nos confiamos a ti, Salud de los enfermos, que bajo la cruz estuviste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación de todos los pueblos, sabes de qué tenemos necesidad y estamos seguros que proveerás, para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.

Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, quien ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos y ha cargado nuestros dolores para conducirnos, a través de la cruz, a la alegría de la resurrección.

Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras súplicas que estamos en la prueba y libéranos de todo pecado, o Virgen gloriosa y bendita”.

Oración ante el Cristo del Consuelo

Cristo del Consuelo:

Hace veinte siglos en una ciudad de Oriente, en Jerusalén, te clavaron en una cruz, después de haberte azotado con manojos de mimbres.

Ya ves, te condenaron como a un sedicioso, como a un blasfemo. Pero el día de tu muerte fue un día de pánico para el infierno, y de inmenso júbilo para el cielo, porque tu sangre había salvado al mundo.

Cristo del consuelo:

¿Quién se apiñaba a tu alrededor para oír tu palabra? El pueblo ¿Quién seguía tus huellas por las montañas, a través de los desiertos, para escuchar con ansias tus lecciones? El pueblo. ¿Quién quiso elegirte rey? El pueblo. ¿Quién tendía sus capas por el suelo y entapizaba de palmas las calles de Jerusalén gritando Hosanna a tu paso? El pueblo.

¿Quién se escandalizó de que curases a los enfermos en el día del sábado? Los escribas y los fariseos. ¿Quién esparcía falsos rumores llamándote poseído? ¿Quién te calumniaba acusándote de gula y lascivia? Los escribas y fariseos. ¿Quién te acusó a Pilato como blasfemo y conspirador? ¿Quienes se coaligaron para darte muerte? ¿Quién te crucificó en el Calvario entre dos facinerosos? Los escribas y los fariseos, los doctores de la ley, el rey Herodes y sus cortesanos, el gobernador romano y los príncipes de los sacerdotes. Ellos fueron los que engañaron al pueblo con hipócrita astucia….

Tu misericordia no admite excepción alguna. No has venido al mundo para salvar a algunos hombres, sino a todos los hombres. Para cada uno de ellos tuviste una gota de sangre. Pero los débiles, los pequeños, los pobres, los humildes y todos los que lloraban o padecían, esos eran tus amados predilectos.

Tu corazón latía con el pueblo, y el corazón del pueblo con el tuyo. Y allí, sobre tu corazón, es donde reaniman sus fuerzas los enfermos, y donde los recobra el valor y la energía para quebrantar sus esclavitudes.

Cristo del Consuelo:

Que sepamos vivir lo que tu nos enseñaste, y por lo que tanto fuiste criticado: que somos hijos un mismo padre, y que nos amaramos unos a otros como hermanos, y no que no nos tratáramos como enemigos. Nos dijiste que quien no ama a su hermano es siete veces maldito. Y que amándonos unos a otros nada tendríamos que temer de los tiranos de la tierra.

Cristo del Consuelo, que no vivamos desunidos porque no nos amamos como se aman los hermanos.