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La fe es lo que hace al cofrade

Luis J. F. Frontela
La Cofradía del Santo Sepulcro, encuadrada dentro del amplio movimiento en torno a la Semana Santa de Valladolid, está formada por cristianos, personas que se sienten Iglesia, que tienen por finalidad rendir culto a Cristo, "nuestro bien, fuente perenne de salvación", y de forma secundaria, animan los desfiles procesionales.

La procesión, al margen de la manipulación que se puede hacer de ella, es una catequesis, una enseñanza a través de  las imágenes de la historia evangélica, en este caso de la pasión del Señor. La procesión debe estar siempre, única y exclusivamente, al servicio  de la transmisión de la fe cristiana que es "el anuncio de Jesucristo para conducir a la fe en El". Los cofrades del Santo Sepulcro deberían ser como aquellos  primeros cristianos que ardían en deseos de anunciar a Cristo: "No podemos  dejar de hablar de lo que hemos visto y oído". Si en el centro de la catequesis encontramos esencialmente la persona de Jesucristo, pues se enseña a Cristo y todo lo demás en referencia a él. Esto mismo se debería decir de nuestras procesiones.

No se es cristiano porque sí, o porque de vez en cuando saquemos una imagen de Cristo en procesión por la calle. Se es cristianos porque somos capaces de reconocer a Jesucristo como algo más que un personaje del pasado, como salvador y revelación o manifestación de Dios, lo cual implica conocer a Jesucristo, es decir los datos básicos que nos ayudan a situar a Jesucristo en el tiempo y en la historia. Y esos datos incontestables acerca de la vida de Jesús, aceptados aún entre los más críticos, son los siguientes: nació en Palestina, en torno al año 4 a.C., conocemos el nombre de su madre, María, y de algunos de sus parientes, sabemos que fue judío de Galilea y que el inicio de su vida pública estuvo relacionada con Juan el Bautista. No hay dudas de que reunió un grupo de seguidores, que su predicación estaba centrada en el Reino y que muchos de sus contemporáneos estaban convencidos de que hacía curaciones milagrosas y expulsaba los demonios. Su actividad y predicación chocaron contra los jefes religiosos judíos y las autoridades romanas, y que esta oposición lo llevó a ser juzgado y crucificado en Jerusalén en vísperas de la Pascua, posiblemente el 7 de abril del año 30. También es un dato seguro que sus discípulos, a los pocos días de su crucifixión, comenzaron a predicar que él estaba vivo y continuaron un movimiento con identidad propia, que fue perseguido al menos por algunos judíos. Para ser cristiano debemos conocer lo que él ha enseñado; la paternidad de Dios, y, como consecuencia, la fraternidad entre los hombre, ya que todos somos amados de Dios, pues él quiere nuestro bien y nuestra felicidad; la llamada a la conversión, al cambio de vida y de mentalidad que nos lleve a comprender que no es la violencia el camino para resolver los conflictos, que el perdón, la solidaridad, el compartir con los necesitados ayudan a forjar un mundo nuevo, que nadie debe ser marginado, lo que nos debe llevar a no instaurar barreras que dividen y separan a la gente; que Dios está siempre más allá de nuestros intereses y que no puede ser con  fundido con el poder o la riqueza. Y para ser cristiano hay que tener la audacia de hacernos discípulos suyos. Ser discípulos quiere decir vivir como él vivió, o lo que es lo mismo, tener sus sentimientos, hacer nuestro los valores por el  anunciados, haciendo del evangelio de su enseñanza el proyecto y programa de nuestra vida, tenerle a él por modelo de vida, tal y como afirmaba San Pablo al decir "no soy yo, es Cristo quien vive en mí".

Ser cristiano es tener la audacia de hacernos una y otra vez la pregunta que el mismo Jesús hacia a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que soy yo?, y vosotros ¿quién decís que soy yo?". Si no somos capaces de responder esta pregunta difícilmente podemos llamarnos cristianos, confesando a Cristo como  hijo de Dios, "nuestra esperanza y salvación". Ser cristiano es rezar a Jesús, proclamarlo Señor, considerándolo superior a todo: al templo, a la tradición, a la ley, al estado, a los ritos y al folclore religioso con que a veces envolvemos nuestras manifestaciones religiosas, no haciendo de él un  reclamo publicitario para vender nuestros interés muy mundanos, y estar convencido  de que Jesús es el referente universal y definitivo para la salvación, ese deseo de vida en plenitud, ahora y más allá de nuestra existencia histórica.

Si no tenemos fe, si no hacemos el camino creyente no llegaremos a acceder al misterio de  Cristo. Y ¿qué es la fe?, podemos preguntarnos. La  fe es una actitud de confianza en alguien, ese alguien es Dios que nos ha dirigido su palabra en Jesucristo. El catecismo de la Iglesia nos dice que la fe es ante todo "una adhesión personal del hombre a Dios”. Pero añade enseguida: “es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado”. Dicho de forma más sencilla, la fe consiste en la relación con Dios que se realiza mediante la obediencia de nuestro entendimiento a las verdades reveladas y enseñadas por la misma Iglesia. Según esta afirmación creer es un “acto religioso”, que, ante todo, supone el “sometimiento de la razón” a lo que enseña la Iglesia que se funda en la enseñanza del mismo Jesús.

Lo que la Iglesia cree de Cristo, el credo, hunde sus raíces en el modo que tuvo Jesús de creer en Dios, en su vida y en sus enseñanzas. Habría sido un engaño que la Iglesia inventara su creencia. Pero sin la experiencia espiritual de la Iglesia salvaguardada en su credo, y trasmitida de generación en generación en sus seno hasta nuestros días, jamás nos habríamos enterado de la experiencia espiritual de Jesús.

¿Qué distingue el cristianismo de todas las otras  religiones? No nos distingue el folklore religioso, tampoco nuestros desfiles procesionales, ni el que nos enfundemos un hábito en determinadas fechas. Lo que nos distingue, lo específico del cristiano, y lo que no hemos de perder, es Cristo mismo. Todos los cristianos creen que Jesucristo es Dios encarnado. Dios en carne humana. Si no creyeran eso, no serían cristianos. Ningún no cristiano cree eso. Si lo creyeran, serían cristianos. "La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana”.

No podremos entender nunca el cristianismo, el movimiento de los que creen en Jesucristo, al margen de su persona. A lo largo de la historia han existidos muchos grandes maestros religiosos que siempre han estado subordinados al mensaje que enseñaban, sólo Jesús se identifica con la propia enseñanza: Buda dijo: "No miréis hacia mí, mirad hacia mi doctrina", en cambio Jesús dijo: "Venid a mí". Buda dijo: "Sed lámparas de vosotros mismos", Jesús enseñó: "Yo soy luz del mundo". Y viniendo más cerca de nosotros, si Moisés y Mahoma afirmaron ser sólo ser profetas de Dios, Jesús proclamó ser Dios. Todos los fundadores religiosos que han existido afirmaron que enseñaban la verdad, sólo Cristo afirmo ser la Verdad.


 

Celebraciones populares de la Resurrección

Celebraciones populares de la Resurrección

Luis J. F. Frontela

Desde la devoción popular la resurrección de Cristo se ha celebrado con una serie de manifestaciones como son la Bajada del ángel, en donde el arcángel San Gabriel trae a la Virgen la noticia de la resurrección de su hijo. Parece ser que esta manifestación de la devoción popular es una reminiscencia de los misterios medievales, en donde se escenificaba el encuentro de Cristo con su madre, y en donde  Cristo resucitado enviaba a su madre al arcángel San Gabriel para anunciarle la noticia de su resurrección, a continuación se le aparecía saludándola con las palabras: Regina caeli, laetare. De hecho, en esta manifestación, que solía celebrarse al rayar el alba, era habitual una procesión en la que seis niños, vestidos como ángeles, se acercaban a la imagen de la Virgen y uno de ellos, tras realizar una serie de reverencias y genuflexiones, le quitaba su velo de luto y le anunciaba la resurrección de su hijo. Con el tiempo la procesión fue  sustituida por la bajada del ángel, en donde un niño, representando al ángel, desciende, sujeto por una maroma, para encontrarse con la imagen de la Virgen, al llegar ante la imagen se oye el “Alégrate, María, porque tu hijo ha resucitado”.

Otra de las manifestaciones populares que celebran la resurrección es la procesión del encuentro entre Cristo Resucitado y la Virgen, para lo cual en la mañana de Pascua se organizaban dos procesiones, una con la imagen de la Madre dolorosa, otra con la de Cristo resucitado, que se encontraban en un punto determinado para significar que la Virgen fue la primera que participó plenamente del misterio de la Resurrección de su Hijo. No suele faltar en dicho acto, música, suelta de palomas, de globos, todo para reforzar el sentimiento de alegría que suscita la celebración de la resurrección de Jesucristo.

A pesar que los evangelios refieren varias apariciones del Resucitado, hasta 10,  y que  no hablan del encuentro de Jesús con su madre, el mundo devocional no se resignó a pensar que, después de su resurrección, Cristo no se hubiese apareció a María. La devoción popular ha imaginado que la asociación del Hijo con la Madre es permanente, en la hora del dolor y de la muerte, pero también en la hora de la alegría y de la resurrección. En plena Edad Media se justificaba que los evangelios no mencionasen la aparición de Jesús a su madre ya que tenían por finalidad consignar la apariciones a personas que pudieran ser aducidas como testigos de la Resurrección, y en este sentido no se incluía entre éstas a la Virgen María, porque “si las manifestaciones a las mujeres que aseguraron haber visto a Cristo, pese a que carecían de parentesco inmediato con él, fueron acogidas con cierta rechifla y atribuidas a sus fantasías femeninas, con mayor motivo hubieran tomado por delirios calenturientos de una madre las declaraciones de la Virgen María”. Se llegó a justificar la aparición de Cristo a su Madre porque si consoló a otros con su presencia no podía ser menos con su Madre, “la persona que más había sufrido con su muerte en la Cruz”. No faltó quien afirmó que si las apariciones de Jesús a los discípulos fueron necesarias para ganarles para la fe, la aparición de Cristo a su madre fue la recompensa por su fe. En este sentido hay que recordar que durante el tiempo de pascua la Iglesia se dirige a la Virgen invitándola a alegrarse: “Regina caeli, laetare. Alleluia”. ¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!, con lo cual recuerda el gozo de la Virgen por la resurrección de su hijo Jesús.

Este tema de la aparición de Cristo resucitado a su madre, que se desarrolló en los últimos siglos medievales, y que es muy del gusto de la piedad y del arte de los siglos XVI y XVII, nos lo encontramos presente en los primeros siglos cristianos. Ya en el siglo IV San Ambrosio, en el Tercer libro sobre las Vírgenes, defendía que “vio la Madre al Señor resucitado. Ella fue quien primero lo vio y creyó en la realización del portento. Luego lo vio María Magdalena, si bien ésta, de momento, no lo reconoció”.  En esta línea el sacerdote Caelius Sedulio, poeta latino de la primera mitad del siglo V, que compuso el poema Carmen paschale, que trata sobre la vida de Jesús, hacia el 430, época del Concilio de Efeso, cuando María fue proclamada Theotokos, Madre de Dios, sostenía que Cristo se había manifestado en el esplendor de la resurrección a su madre. Dice Sedulio que María que, fue en la Anunciación el camino de su ingreso en el mundo, estaba llamada a difundir la maravillosa noticia de la resurrección, para anunciar su gloriosa venida. Así inundada por la gloria del Resucitado, ella anticipa el resplandor de la Iglesia: “La siempre Virgen espera, y antes que a nadie, al amanecer el día,  /  el Señor se aparece antes su ojos, para que la buena Madre, / Testigo de inmenso misterio y canal por el que vino al mundo, / fuese la primera en saber que había regresado a la vida” (Sedulio, Carmen pascale).

La liturgia bizantina, al menos desde el siglo VIII, recordaba la aparición de Cristo resucitado a su madre: “Los poderes celestiales aparecieron sobre tu sepulcro y los guardias quedaron como muertos. Y María entró al sepulcro buscando tu cuerpo purísimo; venciste al infierno sin ser tentado por él. Saludaste a la Virgen. Concediste la vida, tú que resucitaste de entre los muertos, Señor gloria a Ti”. En esta línea el Teólogo bizantino Gregorio de Palamas defendía que sólo a la Virgen se le concedió el poder tocar las manos y los pies del resucitado. Este tema se hace presente en autores espirituales occidentales como fray Luis de Granada quien afirmaba que “al que vio penar entre ladrones, verle acompañado de ángeles y santos, al que la encomendaba desde la cruz al discípulo ve cómo ahora extiende sus amorosos brazos y le da dulce paz en el rostro, al que tuvo muerto en sus brazos, verle ahora resucitado ante sus ojos. Tiénele, no le deja, abrázale y pídele que no se le vaya entonces, enmudecida de dolor, no sabía qué decir, ahora, enmudecida de alegría, no puede hablar”.

El mundo devocional franciscano, en la práctica devocional de los siete gozos de la Virgen, desarrollada a partir del siglo XV, en donde a recordaba algunos misterios de la vida la Virgen María en relación con su hijo Jesucristo, en el  Sexto gozo meditaba sobre Jesús resucita victorioso de la muerte y se aparece a los suyos: “María, fuente del gozo, tú eres la madre del Señor resucitado. Él es quien ha vencido la muerte. El es nuestra esperanza en el camino de la vida. Enséñanos, María, a vencer la muerte del egoísmo, para vivir en la resurrección del amor”.

En el mundo español, San Ignacio, haciéndose eco de esta tradición, en la Cuarta Semana de sus Ejercicios Espirituales, recomienda como objeto de contemplación la aparición de Cristo resucitado a la Virgen María, “lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ¿También vosotros estáis sin entendimiento?”, Maldonado, en su cometario al Evangelio de San Mateo, afirmaba que  Cristo resucitado se apareció en primer lugar a su madre, y que esta afirmación es “un sentimiento que esta en el corazón de todos los fieles, los que quieren combatirlo pierden su tiempo”. La misma Santa Teresa en sus Cuentas de Conciencia afirma que sabía por el mismo Cristo, que primero se había presentado a la Virgen: “Díjome que en resucitando había visto a nuestra Señora, porque estaba ya con gran necesidad, que la pena la tenía tan absorta y traspasada, que aun no tornaba luego en sí para gozar de aquel gozo, y que había estado mucho con ella, porque había sido menester, hasta consolarla”. Y no podemos dejar de aducir el testimonio de Fray Luis de Granada, quien en su vida de Cristo, describe el encuentro de Cristo resucitado con su madre de la siguiente manera: “Estaría la santa Virgen en aquella hora en su oratorio recogida esperando esta nueva luz. Clamaba en lo íntimo de su corazón y, como piadosa mujer, daba voces al Hijo muerto al tercer día, diciendo: Levántate gloria mía; vuelve triunfador, al mundo; recoge, buen pastor, tu ganado; oye, Hijo mío, los clamores de tu afligida Madre y, pues éstos te hicieron bajar del cielo a la tierra, éstos te hagan ahora subir de los infiernos al mundo. En medio de estos clamores y lágrimas resplandece súbitamente aquella pobre casita con lumbre del cielo y se ofreciese a los ojos de la Madre el Hijo resucitado y glorioso. Al que vio penar entre ladrones, lo ve acompañado de santos y ángeles. Al que la encomendaba desde la cruz al discípulo, ve cómo ahora extiende sus brazos y le da dulce paz en su rostro. Al que tuvo muerto en sus brazos, lo ve ahora resucitado ante sus ojos, lo tiene y no lo deja; lo abrázalo y le pide que no se le vaya. Entonces, enmudecida de dolor, no sabía qué decir; ahora, enmudecida de alegría, no puede hablar”.

El tema de la aparición de Cristo resucitado a su madre se hizo presente en el mundo del arte, de hecho artistas de distintas áreas culturales como Gerad David, Hernando Yánez, Alberto Durero, El Greco, trataron el tema, lo que llevó a que los tratadistas se planteasen cómo representar a Cristo resucitado, y afirmasen que con traje de resucitado, es decir “descubierto su cuerpo bellísimo y llagas”, otras veces se matiza más: “Con manto rojo y cuerpo bellísimo, con sus llagas resplandecientes, lleno de inmensa luz”.

Pero no todos admitían esta creencia espiritual, en la Iglesia postridentina, y en los ambientes jansenistas, un autor como Saint-Cyran no admitía la aparición de Cristo resucitado a su madre, y lo justificaba de la siguiente manera: “ella sabía con un placer inefable que Jesús estaba en la tierra y que se comunicaba con los otros y no con ella”. En esta línea M. Oliver defendía que la Virgen no había tenido necesidad de ver a Cristo resucitado, puesto que lo había sentido resucitado en su corazón.

En este sentido debemos señalar la determinación del obispo Niño de Guevara de Sevilla, quien en el Sínodo celebrado en 1604, daba una serie de normas que regulaban los distintos aspectos de los desfiles procesionales, entre estas normas estaba la que prohibía las ceremonias del Descendimiento y los Encuentros, y con ello el uso dramático de las imágenes: “No se haga en la Semana Santa ni en la mañana de la Resurrección representaciones (...) andando con la imagen de Nuestra Señora alrededor del claustro (...) buscando a su precioso hijo que le dicen que ha resucitado, ni bajando el Cristo de la cruz para enterrarlo”. Si en Sevilla se prohibía este tipo de ceremonias, el arraigo popular de este tipo de dramatizaciones, descenso y encuentro caló fuertemente en la Semana Santa Castellana, de tal manera que la procesión del encuentro sirve de cierre de las celebraciones de la Semana Santa.

Esta creencia de la piedad popular, la de Cristo resucitado apareciéndose a su madre, reafirmada por los autores espirituales, era defendida para afirmar la singular asociación de María a los misterios de su Hijo. María que había estado asociada a los misterios de la Encarnación, del Nacimiento y sobre todo a los de de la Pasión y Muerte, también debía estar asociada al misterio de la resurrección. La Virgen que había tenido un lugar privilegiado, la más cercana en la encarnación, la más cercana en el nacimiento, la más cercana en su muerte, había permanecido de pie junto a la cruz, ¿no debía ser la más cercana en su resurrección y no debía ser recompensada con  la visión de su hijo resucitado?

fray Luis de Granada: “No sale tan hermoso el lucero de la mañana como resplandeció en los ojos de la Madre aquella cara llena de gracias y aquel espejo sin mancilla de la gloria divina. Ve el cuerpo del Hijo resucitado y glorioso, despedidas ya todas las fealdades pasadas, vuelta la gracia de aquellos ojos divinos y resucitada y acrecentada su primera hermosura. Las aberturas de las llagas, que eran para la Madre como cuchillos de dolor, verlas hechas fuentes de amor, al que vio penar entre ladrones, verle acompañado de ángeles y santos, al que la encomendaba desde la cruz al discípulo ve cómo ahora extiende sus amorosos brazos y le da dulce paz en el rostro, al que tuvo muerto en sus brazos, verle ahora resucitado ante sus ojos. Tiénele, no le deja, abrázale y pídele que no se le vaya entonces, enmudecida de dolor, no sabía qué decir, ahora, enmudecida de alegría, no puede hablar”.

 

 

El cofrade es un cristiano

 

Luis J. F. Frontela.

“No os pido si no que le miréis”, decía santa Teresa de Jesús a sus monjas, pero ésta es una invitación que vale también para nosotros cofrades del Santo Sepulcro, y más cuando habéis nacido en las entrañas de una comunidad de carmelitas Descalzos y tenéis vuestra sede en la comunidad de Carmelitas de San Benito de Valladolid

A quién hemos de mirar, a Jesucristo,  a quien confesamos como el Hijo de Dios. Y para que hemos de mirarle, para hacer nuestro sus sentimientos, su forma de ser. Llevar las marcas de Cristo, es algo específicamente cristiano, y las marcas no son las llagas de los clavos, las marcas son los valores las actitudes de Cristo, que son las que debe hacer suya todo cristiano, y por supuesto todo el que se precie de ser cofrade, para quien la ley fundamental no es nunca los estatutos de la Cofradía, realidad transitoria y efímera, sino el evangelio.

La vida cristiana implica vivir a Cristo, no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí. Podemos preguntarnos: ¿Es Cristo, nuestro bien, fuente perenne de salvación? ¿Sigue  siendo él una referencia viva en nuestras vidas?

El cristiano es aquel que confiesa a Jesús muerto en la cruz y resucitado como Señor, Salvador. Desde el Nuevo Testamento los cristianos se han caracterizado por el reconocimiento explícito de Cristo; por la confesión de su nombre, pues, como afirma el apóstol San Pablo, cristiano es el que “confiesan con su boca que Jesús es Señor y creen en su corazón que Dios le resucitó de entre los muertos”. Y aunque no sirve para nada limitarse a decir “Señor, Señor”, si no esta confesión no va acompañada de una vida que suponga cumplir con sus mandatos, decir “Señor” , referido a Jesucristo, es el rasgo distintivo del cristiano.

Soy cristiano por opción personal, nadie me impone serlo. Opción que implica tener una relación personal con Jesucristo, en la oración, en la práctica sacramental no sólo como modelo y ejemplo práctico de vida, en la determinación ética de la vida. Pero no basta sólo que Jesucristo sea sólo modelo y ejemplo práctico de vida, sino que se convierta en horizonte de esperanza, pues desde la fe comprendemos que allí donde está Cristo, allí estaremos nosotros para siempre con él. Es cristiano todo aquel cuyo vivir y morir está determinado por Cristo, como decía San Pablo: “No soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Creer en Jesús es seguirle. Discípulo de Jesús es quien hace lo que dice Jesús, no quien dice y no hace. Cristiano es el que lleva las marcas de Cristo, que no son las marcas de los clavos, sino sus actitudes ante la vida. Ser cristiano es cumplir los mandatos de Dios.

La vida cristiana, que es seguimiento de Jesús, es llamada a vivir el evangelio, vivir en cristiano, formar comunidad, grupo con aquellos que como yo se sienten y son también cristianos.

La cofradía del Santo Sepulcro debe hacer ver a sus miembros que están llamados a vivir el evangelio, a vivir como cristianos, por eso deben fomentar el espíritu evangélico. La cofradía si de verdad quieren ser significativa, comunidad viva en la Iglesia debe evitar parecerse a cualquier otra asociación de tipo lúdico-festivo o folclórico-cultural. Lo importante no es que el cofrade se ponga un hábito que oculta, sino que viva en cristiano, con rostro descubierto donde puede ser identificado como tal, y más en un momento social en que los cristianos tenemos que mostrarnos como somos y no ocultar nuestro rostro. Lo importante es que confesemos la fe, vivamos en comunión con la Iglesia, celebrando los misterios cristianos y dejemos que la fe determine nuestro comportamiento.

Si os fijáis bien el fin de una cofradía es aumentar el espíritu cristiano en sus fieles, no desfilar, no hacer procesiones, y no quiere decir que esto no este bien,  porque cuando se pierde el sentido de pertenencia a la comunidad eclesial, y cuando dejamos de mirar a Cristo como el que inicia y completa nuestra fe, a Cristo como modelo con el que identificarnos, los  desfiles procesional se convierte en un remendo del carnaval y las cofradías en chirigotas carnavalescas. En los estatutos de la Cofradía del Santo Sepulcro se dice que, “fiel al largo sentir de piedad y devoción del pueblo creyente”, lo que implica que como cofrade queda inscrito dentro, y no al margen, de la vida de la gran comunidad cristiana, el pueblo creyente. La cofradía, el cofrade personalmente, tiene por fin  primordial de “dar culto al Señor muerto por nosotros, y por medio de este culto, aumentar en sus miembros el amor a la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, fuente perenne de santificación”. Lo genuinamente cristiano es cumplir el mandato del Señor, que nos dejo como testamento dos principios fundamentales, sin los cuales no entendemos para nada ni el cristianismo, ni la Iglesia. Uno de estos principios es el amor fraterno, “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. El segundo principio es: “Haced esto en memoria mía”, lo cual se refiere a la celebración de la Eucaristía, a mantener viva la memoria de Cristo. La celebración cristiana es recuerdo agradecido, un cantar y recordar actualizando las misericordias que Dios ha tenido con nosotros. 

Nos hemos preguntado alguna vez si no habremos convertido la piedad, las manifestaciones religiosas en meras expresiones folclórica, si nuestra piedad termina siendo sólo eso, un resto folclórico, estaríamos en la muerte de lo religioso.

Para el cristiano la moral, que es un camino para ser más auténticamente “hombre”, no puede ser otra cosa que una moral del seguimiento de Cristo. Jesús no fue un moralista, más bien estuvo en contra del exceso de leyes y normas, y no por otra razón, sino por que asfixiaban la vida. Tampoco el evangelio, que debe ser nuestro proyecto de vida, es un código de moral, de normas y leyes de cómo hemos de comportarnos, qué hemos de hacer en cada momento, en qué me he de diferenciar de los otros. El evangelio, que guarda los recuerdos de Jesús,  es una buena noticia, un estilo de vida, el de Jesús, que es el que, frente a tantos proyectos o estilos de vida con que nos bombardean cada día, debemos hacer nuestro los cristianos.

Jesús, en su comportamiento  y en su mensaje, ofrece un estilo de vida alternativo al vigente, para su época y para la nuestra; Jesús supera, los códigos de comportamiento vigentes, proponiendo el la fidelidad a la voluntad de Dios que libera y ayuda a crecer como persona al que se adhiere a él.

 

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